Capítulo especial - 18.3

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Ambos sabían que deberían parar.

Que era una locura. Que el silencio que había entre ellos, después de haberse anudado por primera vez sin protección, no era paz... sino una pausa tensa en la que cualquier palabra podía romper algo importante. Pero también sabían -con la certeza muda que se lleva en la piel, no en la voz- que se deseaban demasiado.

Que llevaban años orbitando esa línea invisible entre la amistad y algo más.

Que lo habían hecho todo, menos decirlo en voz alta.

El placer los había dejado atrapados en una burbuja sin tiempo, una donde respirar se sentía como un crimen y pensar con claridad era un lujo inalcanzable. Cada roce de piel aún ardía. Cada caricia parecía una súplica.

Estaban a merced de sus cuerpos, de sus instintos, de esa parte primitiva que susurraba, sin remordimientos, que estaban hechos el uno para el otro.

No había lógica. Solo necesidad. Solo ese temblor compartido en los muslos, esa presión suave pero constante en la cadera, el calor tibio entre sus cuerpos aún enlazados.

Y aunque sabían que el riesgo era real, que mañana podrían arrepentirse... no podían detenerse.

No querían.

Porque rendirse a ese deseo, ceder a esa necesidad de tocarse y quedarse, era lo más honesto que habían hecho en semanas. Tal vez en años.

Wally lo abrazó por detrás, con las piernas aún entrelazadas recostados en la cama. Lo cubrió con su cuerpo como si pudiera protegerlo del mundo, de sí mismo, de lo que sentían.

Pasó la nariz por la curva de su cuello, respirando ese aroma dulce que solo podía describirse como chocolate con café recién molido, algo cálido, adictivo, que le llenaba el pecho de un cariño que dolía. Su mano dibujaba círculos lentos en el vientre de Dick, subiendo de vez en cuando por su pecho desnudo, acariciando sin apuro, sin intención de volver a excitarlo... y sin lograrlo, porque cada roce encendía algo de nuevo.

Dick cerró los ojos. Lo dejó hacer. Dejó que su piel se empapara de ese afecto contenido, de esa ternura casi desesperada. Sentía la electricidad latente en los dedos de Wally, temblando contra su espalda baja. Sentía cómo el cuerpo del alfa -su mejor amigo- aún lo sostenía desde dentro, anudado, como si el mundo fuera más real con él allí.

Y lo odiaba.

Porque no debía sentirse tan bien.

Porque no debía quererlo tanto.

Tal vez si tenía miedo de ser padre, no era solo por el caos que implicaba, o por el cambio irreversible en su vida. Tal vez era porque ni siquiera sabía si sería capaz de amar con la claridad y la entrega con la que Jason lo hacía con Damian. Porque le aterraba fracasar como figura de protección, de guía, de amor incondicional... pero con Wally, no sabía cómo alejarse.

No podía.

Y ese era el verdadero problema.

Wally pensaba lo mismo. Quería detenerse. Sabía que debía. Sabía que ese nudo sin protección era peligroso, que estaban jugando con fuego en una situación que lo superaba. Pero cuando Dick lo abrazó con fuerza, lo apretó con las piernas con un gemido que era casi una súplica. Cuando susurró su nombre como si le pidiera "—Ven... hazlo". Ahí lo entendió.

No estaba usandolo, no estaba usando su cuerpo. No esta vez. Porque esa noche -al menos esa noche- Dick no quería correr. Quería quedarse. Y él también.

Así que Wally lo acarició un poco más fuerte. Le besó el hombro sin palabras. Le susurró tonterías al oído solo para escucharlo reír. Ignorando si todo eso era correcto o no.

El renacer de un aveHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora