Parte 19

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La familia es complicada porque se supone que solo hay una.

Naciste dentro de ella. Que fuiste el resultado de una unión —idealmente— entre dos personas que se amaban. En teoría.

A veces, te dicen que la familia es la que eliges. Que son los amigos que haces en el camino. Pero incluso si eso fuera cierto, no borra lo otro. Ese lazo primario de sangre. Biológico. Incómodo.

El cariño hacia la familia es extraño. Puedes amar a alguien y al mismo tiempo odiarlo. Guardarles rencor y aún así extrañarlos. Pueden caerte de la mierda... y sin embargo, dolerte como nadie más.

Es un hilo invisible que duele cuando se tensa, y duele más cuando se rompe.

La familia rara vez respeta tus límites cuando los pides de buena gana. Tienes que gritarlos.

Pelearlos.

Y a veces, ni así. Porque amar a la familia parece implicar aguantar. Tragar. Callar.

Y entonces llega la narrativa del amor propio diciendo que el árbol genealógico también se poda. Como si fuera tan fácil.

Como si cortar lazos con quien te dio la vida o te mantuvo con vida no te partiera en dos.

Para cortar una raíz, primero tienes que odiarla. Demonizarla. Convertir al otro en villano, en monstruo, para poder justificar que los estas dejando atrás.
Porque aceptar la verdad —la cruda y jodida verdad— duele más:  Aceptar que extrañas a alguien que nunca fue.
Que amabas una idea. Una que solo vivía en tu cabeza, a la que te aferraste para no romperte del todo.

Eso es lo complicado. Que por mucho que digas que ya no te importa, una parte de ti sigue esperando. Sigue anhelando, en un vergonzoso y patetico silencio, que un día te amen como necesitabas.

Y eso —eso— te convierte en un puto migajero. En alguien que sigue estirando la mano, aunque sepa que ya no hay nada que recibir, esperando algo de quienes debieron darte todo.

Eso es la familia.

Y por eso, es jodidamente complicada.

Conner se despertó con una sonrisa en el rostro, algo casi irreal para alguien con el apellido Luthor.

Era un día especial.

Lo supo incluso antes de abrir los ojos: el chasquido del candado electromagnético al liberarse, el zumbido de la puerta superior al abrirse, la voz digital del sistema retirando el acceso restringido.

Hoy podía subir.

Hoy podía desayunar con ellos.

Era el día en familia.

Se incorporó de un salto. Su cuerpo —una mezcla de potencia kriptoniana y obsesión científica— parecía demasiado grande para su edad cronológica. Demasiado controlado para un adolescente. Demasiado moldeado, diseñado.

Subió descalzo por el elevador interno. Lena ya lo esperaba en la cocina, sentada con una taza de café y una tablet holográfica desplegada sobre la isla central.

—Buenos días, Conner —dijo sin mirarlo—. ¿Dormiste bien? ¿Alfa nuclear en reposo estable?

—Sí, tía Lena. No destruí nada. ¿Cuándo llega papá? —y saco una caja de cereal de la alacena.

—Dijo que vendría en cuanto terminara su "monitoreo matutino".

—¿Eso es un eufemismo para revisar cámaras, drones y perfiles genéticos? ¿O se refiere a los protocolos de arresto domiciliario?

—Sí.

Conner sonrió, cogiendo un plátano del frutero mientras curioseaba lo que había en su pantalla de su tía. Un informe sobre el avance de una investigación en mosaicismo epigenético. Recordó ese incidente, cuando perdió el control y salio de su contención siguiendo ese aroma tan delicioso, irresistible. Luego, con voz más baja, preguntó:

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⏰ Última actualización: Sep 24, 2025 ⏰

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El renacer de un aveHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora