Caminaba con paso firme entre la gente, ignoraba a todos aquellos con los que no le fuera estrictamente necesario convivir. Todo el ambiente olía a heno húmedo, cuero viejo y arrogancia.
Tenía unos lentes de sol que cubrían casi la mitad de su rostro, un vestido beige pegado al cuerpo que terminaba a la altura exacta de sus rodillas, y el cabello perfectamente recogido en un rodete bajo, sostenido por lo único más fuerte que su carácter: horquillas metálicas.
Odiaba estar ahí, pero Hairen estaba compitiendo, y aunque no lo decía y estuvieran peleadas, su hermana le importaba.
Estaba buscando un lugar discreto donde sentarse cuando lo vio. En principio, pensó que era alguien muy parecido: el mismo andar, mismo porte, pero entonces lo escuchó reír.
Esa risa con la que había amanecido la semana anterior luego del Gran Premio de Mónaco: Charles Leclerc.
Reconocería su risa en donde fuera, incluso en otra vida.
Sonrió inconscientemente, pero al levantar la vista para encontrarlo, su cara palideció.
No fue por él, o al menos no solo por él, sino por ella. Una mujer caminaba pegada al monegasco, con la mano enganchada a su brazo.
Alta, flaquísima, morena. La cara tan llena de retoques estéticos que no poseía ni una arruga, pero tampoco expresión alguna, de esas que al sonreír la mandíbula se le tilda como si hubiera quedado agarrada de alguno de los hilos tensores que le estiran la cara. Una de esos rostros de campaña publicitaria con cero personalidad, algún intento de influencer good vibes, que parecía diseñada por un algoritmo de Pinterest.
Hanna le clavó los ojos observándola fijamente unos segundos, al parecer aquella desconocida tenía un retraso para captar lo que le decían, se quedaba tildada y luego reía como estupida.
— No puede ser—murmuró Hanna, bajándose los lentes.
Los observó un segundo más. Él saludaba a un grupo de personas. Reía, asentía, y luego —la gota que rebalsó el vaso— la morena lo miró, movió delicada y tontamente su cabeza haciendo que su cola de caballo se moviera y beso la mejilla del monegasco.
Nada exagerado. Nada íntimo, pero sí lo suficientemente repugnante a los ojos de Hanna, tanto que su estómago se retorció.
— Mr. CIA—le habló al guardia que la acompañaba— Necesito el nombre de esa—señaló a la morena discretamente con su mentón.
— En un momento, Señora—habló el hombre antes de retirarse.
— ¿Qué mierda estás haciendo, Leclerc?—pensó.
Mientras por fuera intentaba mantenerse inmutable, en su interior un volcán expulsaba lava como para arrasar un territorio más grande que Pompeya.
Del otro lado de la carpa, Charles no sabía que le incomodaba más: el calor, el ruido de los animales, la gente tan imbécil que asistía a ese tipo de eventos, el hecho de que lo habían obligado a asistir o estar sujetando la mano de alguien que no conocía.
Sintió que alguien lo miraba y volteó. Hanna.
Estaba ahí parada a unos metros, con los ojos clavados en él como si estuviera evaluando mil maneras de matarlo.
Hanna con su postura rígida, autoritaria, su mirada fría y sus labios perfectamente pintados de rojo y sus brazos cruzados.
Se le heló el cuerpo. No esperaba verla. Ese no era su mundo. El de los caballos. El barro. La naturaleza.
Sin embargo... ahí estaba. Perfecta. Controlada. Letal.
— ¿Todo bien?—preguntó la chica a su lado, Cloe.
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INEFFABILE AMORE
FanfictionCuatro hermanas de una prestigiosa familia italiana se encuentran con distintos rumbos y cuestiones por resolver. Entre la empresa familiar y las decisiones que deben tomar para no defraudar a su padre, parece que es imposible que el amor pueda ten...
