26. Los deseos de un hombre I

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—Hasta luego, Danielle.

—Hasta luego, pasen buen descanso.—Respondió la pelinaranja con una amable sonrisa.

Hoy era un nuevo fin de semana, pleno viernes por la tarde, casi todo el campus estaba vacío, aunque era comprensible, pues hace dos días se le había comunicado a todo el alumnado que la próxima semana se suspenderian todas las actividades académicas, como parte del itinerario de profesores que asistirian a una semana de conferencias para mejorar su nivel académico.

Aquellos alumnos que vivían lejos apenas escucharon la noticia y se libraron de clases prácticamente huyeron para poder pasar una semana entera con sus familias, los que eran más estrictos se quedaron en sus residencias para seguir estudiando, y otros como Danielle, que tenían la suerte de vivir cerca, aún andaban sin prisa alguna por las instalaciones haciendo sus últimos deberes.

Claro, como la presidenta y representante alumna del consejo estudiantil debía pasearse por cada salón y área para verificar que todo estuviera en orden. Tampoco es que ella fuera extremadamente devota a la escuela.

Mientras sostenía contra su pecho una tabla con un afiche de hojas, y sus tacones resonaban por el pasillo, saludando a aquellos alumnos que la veían y demás maestros, pronto terminó llegando al área de artes, del que era especialmente responsable.

En las aulas de música ya había muy pocos alumnos, los únicos que quedaban ya se encontraban recogiendo sus cosas listos para marcharse, después de todo ya eran las cuatro de la tarde.

Sus pasos se detuvieron justo en el aula de arte y pintura, en donde pudo vislumbrar al fondo a un alumno aún bastante sumergido en el trabajo.

Un azabache de inconfundibles gafas plateadas.

Había una suave canción resonando desde su teléfono, el mismo que estaba en el piso sobre un tapete, en medio de múltiples tubos de pintura y pinceles de diferente grosor.

Sin más la bonita chica golpeó tres veces la puerta abierta, logrando llamar la atención del joven pintor.

—Oh, hola.—Saludo el azabache al girarse desde el banco en donde descansaba.

—Hola.—Danielle sonrió, dejando el afiche de hojas sobre el escritorio vacío antes de caminar entre los demás lienzos, en los cuales descansaban algunas de las obras que sus compañeros ya habían terminado o que estaban a medio terminar, incluida la suya.—¿Qué haces todavía en la facultad? Yo ya te hacía tomando un tren directo a Busan.

Jungkook rió suavemente y negó.—Mis padres ni siquiera están en Busan, me quedaré esta semana aquí en Seúl.

—Oh, por eso no tienes prisa.—Jaló un banco vacío para poder sentarse al lado del azabache.—Veo que pones mucho esmero en esta pintura, hace una semana aún no tenías el boceto terminado.

—Si, bueno... Digamos que encontré por fin la inspiración necesaria para poder terminar mi pintura.—Mencionó con las mejillas suavemente rojizas.

—Esa inspiración es tal vez... ¿Esa persona con la que aún no habías formalizado?—Se atrevió a preguntar la chica.

Jungkook detuvo su pincel en el aire y en medio de un fuerte trago de saliva asintió.

—Aunque, ya no tenemos ese problema.—Susurró Jeon bajito.—Ahora somos novios.

La sorpresa en Danielle fue tan grande que no pudo ser discreta.

—¡¿Cómo?! ¡¿Taehyung y tú están saliendo?!

Jungkook terminó dejando caer el pincel y rápidamente llevó sus manos a cubrir la boca de la chica, manchandole la mejilla de pintura gris en el proceso.

𝑬𝒍 𝒅𝒊𝒍𝒆𝒎𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒆𝒙𝒐 • [ ᴋᴏᴏᴋᴛᴀᴇ ]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora