Hay veces que Cielo Rojas se pregunta por qué no escribió Orgullo y Prejuicio, pero la respuesta es clara: ella no es Jane Austen, no nació en Inglaterra y no considera que tiene un talento de tal magnitud. Sin embargo no puede evitar rodearse de Li...
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Me muero por conocerte.
Tan así que puedo mirarte a los ojos y reconocerte.
¿Faltara mucho para verte?
El chico de los post-its amarillos. Día 67.
"Nuestro libro de Jane", fragmento de Cielo Rojas.
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Con mis amigos almorzamos en casa de Chucky; su familia es bastante simpática y nos atendieron muy amables. Todos los invitados estaban felices menos Cielo y yo. Mientras volvíamos a la residencia supe que todo había cambiado entre nosotros dos, lo entendí cuando negó sus sentimientos hacia Matías y confesó que era otro a quien quería. Me alegré, eso no voy a discutirlo, pero al instante la incertidumbre ganó lugar al darme cuenta que había otro chico. Quise preguntárselo, pese a esto, ella comenzó a ignorarme plenamente, no me dirigía la palabra y mucho menos se atrevía a mirarme, pero cuando por fin lo hizo, me di cuenta de todo de lo que siempre estuvo frente a mis ojos: soy yo a quien quiere. Si antes estaba confundido, ahora lo estaba mucho más, no sabía si alegrarme porque yo le gustara o dejarme hundir en la incertidumbre. Soy un completo idiota.
Durante el trayecto en mi auto nos conservamos callados. Ninguno de los tres hablaba, ya que Gisela yacía plenamente dormida en el asiento trasero, mientras que Cielo y yo no decíamos nada. No me gustaba para nada estar así con ella. ¿Por qué no podíamos ser como tan solo unas horas atrás? Todo se complica cuando los sentimientos interfieren. Puse alguna estación de radio al azar para que se cortara el detestable silencio. Quería cortarlo yo, pero no sabía qué decir al respecto. Cielo miraba hacia la venta mientras en la emisora pasaban aquella canción que parecía que estar ridículamente creada para este instante. Estaba a punto de estacionar el vehículo en el aparcamiento. Cuando de repente ella habla...
―Te quiero a vos ―confesó matando el silencio que reinaba en la cabina.
Detuve el auto a la misma vez que la canción estaba llegando a su fin. Cerré los ojos y recosté mi cabeza en el respaldar del asiento.