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Mientras los Dalmau discutían, Lali llevó su plato al interior de la casa y lo tiró a la bolsa de basura que había bajo el fregadero de la cocina. Lanzó la gorra sobre la encimera y tapó el recipiente de la ensalada que había traído con plástico de envolver. Miró por la ventana y vio cómo los jóvenes montaban en sus coches. Algunos todavía llevaban aparatos de ortodoncia y otros tenían acné juvenil. Parecían normales, pero no lo eran. Masca­ban tabaco y comían testículos. Ni en sus fantasías más exacer­badas podría haber imaginado y escrito algo semejante. Y aun­que lo hubiese hecho, nadie la habría creído. Walter hubiese dicho que era una historia demasiado inverosímil, incluso para una revista especializada en historias inverosímiles.

Se abrió la puerta trasera y Lali miró por encima del hom­bro. Peter se le acercó con varios platos en las manos. Ella se apartó a un lado y él arrojó los platos a la basura.

-Gas es un buen tipo -dijo-, pero no sabe cocinar nada decente. No tenías por qué comerte esa salchicha.

-No fue la salchicha lo que me revolvió las tripas. -Lali alargó la mano para coger la tapa de la mayonesa y cerró el bo­te-. ¿Cómo podéis comer testículos? -Al ver que no contesta­ba a su pregunta, se volvió para mirarle.

Estaba justo a su lado, con la cadera apoyada sobre la encimera y los brazos cruzados, la mi­rada clavada en su trasero.

Lentamente alzó la vista hasta sus ojos, pasando primero por su boca. Se encogió de hombros y sonrió al comprender que ella le había pillado.

-La verdad, jamás me han atraído esas ostras.

Ella imitó su postura aparentemente despreocupada. Los brazos cruzados bajo el pecho, la cadera apoyada en la encime­ra. Escuchó los retazos de conversación que llegaban desde el ex­terior, el ruido de los motores y el rechinar del césped bajo los neumáticos. Dentro, todo lo que la rodeaba pasó a segundo pla­no y se centró por completo en él. El sonido de su voz, el color de sus ojos, y el modo en que se calaba el sombrero en la frente.

-Nunca me ha parecido bien mascar las pelotas de un buey castrado.

-¿Cuántas has comido en tu vida?

-Una.

Ella le miró la boca. Había besado a un hombre que ahora re­conocía haber comido los testículos de un buey castrado. Ten­dría que haber sentido repulsión.

Como si le leyese la mente, Peter aclaró:

-Después me lavé los dientes durante un cuarto de hora, y froté con fuerza.

Ella no pudo evitar sonreír.

-Siempre he sido una obsesa de la higiene bucal.

Él alargó el brazo y le cogió la mano, entrelazando los dedos con los suyos. Ella intentó ignorar el cálido cosquilleo que le re­corrió la muñeca.

-Y a mí siempre me han obsesionado las chicas obsesas, es­pecialmente si llevan minifalda.

Ella echó un vistazo a su falda, que llegaba unos centímetros por encima de la rodilla.

-¿Sabes que cada vez que te inclinabas sobre la mesa para dejar el plato, casi podía ver el color de tus bragas?

De acuerdo, su falda era corta. Ella le miró a la cara.

-Tendrías que esforzarte bastante para ver el color de mis bragas.

-Pues si inclino un poco la cabeza... -repuso con una son­risa maliciosa en la mirada mientras le frotaba la palma de la ma­no con el pulgar.

Sólo era su mano, no era nada sexual, pero por alguna razón aquel sencillo roce se convirtió en algo sumamente íntimo. No había nada excitante en ello, se dijo a pesar de notar cómo se le aceleraba el pulso. No, nada.

"CONFESIONES" TERMINADOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora