Capítulo 11

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—¡Aquí tienes tu puto dinero! —interrumpió su tía lanzando un montón de billetes a la cara del muchacho.

Por un instante, Eva no supo lo que pasaba. Miró a su alrededor como si la hubiesen sacado de un extraño trance al que hubiese sido sometida sin su consentimiento. Todo parecía estar igual que antes, pero evidentemente, algo había cambiado. Su cuerpo ya no la presionaba tanto y se sintió horrorizada ante lo que había estado a punto de hacer.

Cuando miró a Daniel, no había ni rastro del magnetismo del que había hecho gala hacía un momento y sus deseos hacia él, habían desaparecido casi por completo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó confundida.

No la respondió. En su lugar, lanzó un bufido malhumorado mientras le dedicaba una mirada hostil a su tía cuya mueca de desprecio era insultante.

Daniel, apretando los puños con la mandíbula tensa, intentaba con todas sus fuerzas que el mal humor no ganase la batalla y le obligase a hacer algo de lo que más tarde se iba a arrepentir.

Al agacharse para recoger el dinero, una risotada triunfante le llegó de aquella que había sido su amante.

—Es así como debería haberte tratado desde el primer día. —El rencor daba a sus palabras altivez y furia a partes iguales—. Como una puta cualquiera a la que hay que dejar dinero en la mesita después de follar. Nos hubiésemos ahorrado muchos disgustos.

—¡Tía! —exclamó escandalizada Eva—. Déjalo ya. Eras tú la que se aprovechaba de la situación.

Al girarse hacia ella, Carmen tenía el rostro descompuesto por la ira.

—¡No olvides que estás en mi casa! ¡Aquí tú eres la invitada y yo estoy más que harta de tus estúpidos comentarios! —Aquella manera de gritar la hacía parecer una mujer diferente a la que Eva había conocido durante toda su vida; pero como si no la importase añadió dirigiéndose a Daniel—. ¡Y tú, en cuanto acabes de recoger el dinero sal de esta casa y no regreses nunca! ¿Te ha quedado claro?

El muchacho no respondió. Siguió recogiendo uno a uno los billetes indiferente a todo cuanto oía a su alrededor.

Frustrada, Carmen pisó el billete que estaba a punto de coger impidiéndole que lo levantase. Estaba lista para reaccionar ante el primer insulto o la típica frase chulita que solía salir de la boca de aquel engreído. Para lo que no estaba preparada, era la expresión de agresividad que encontró en el rostro de Daniel.

Tratar con él nunca le había dado miedo. Ahora sin embargo, retrocedió un paso asustada ante la posibilidad de que la atacase.

—En cuanto acabes vete de mi casa —repitió insegura.

—Ya te oí la primera vez. —El tono gélido con el que Daniel habló, sonó especialmente peligroso.

Sin saber cómo obrar, Carmen miró desconcertada a su sobrina que se negó a mirarla a la cara. Confundida, murmuró algo ininteligible y se alejó de allí en silencio.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó preocupada Eva en cuanto se quedaron a solas.

—¿Haremos? —Daniel levantó la cabeza. Parte de la hostilidad que sentía se veía reflejada en sus movimientos—. No hay un haremos. Tú vas a quedarte aquí y yo voy a resolver mis problemas.

Por algún motivo, ese comentario la sentó bastante mal. Después de todo lo que habían pasado, no podía creerse que fuese capaz de dejarla tirada como si tal cosa.

—Pero estamos juntos en esto. Puedo ayudarte.

—¿Y quién te ha dicho que quiero tu ayuda? —La brutalidad con que se dirigió a ella no tuvo ninguna piedad—. La niña rica que intenta salvar al desgraciado en apuros. ¿En serio crees que te necesito?

El secreto de DanielDonde viven las historias. Descúbrelo ahora