Capítulo 12

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12

Aquella fue la primera vez en su vida que Eva estaba segura de que iba a morir. Ni siquiera sabía cuántas vueltas llevaban cuando el mundo dejó de girar a su alrededor. Una vez el coche se quedó quieto, rezó dando las gracias por la suerte que habían tenido mientras comprobaba que no tenía ningún hueso roto.

—Por todos los cielos, pensé que no lo contábamos. ¿Estás bien? —preguntó intentando zafarse a manotazos de los airbag—. Recuérdame que nunca más te deje cerca de un coche.

Estaba en una lucha interna con aquellas bolsas de aire intentando evitar concentrarse en lo que le dolía el cuerpo y por eso no se dio cuenta. Tras unos segundos, percibió que algo no iba bien.

Con el brazo en una postura antinatural, Daniel estaba postrado a su lado completamente inmóvil.

—¡Háblame! —ordenó preocupada—. Dime que estás bien —al tratar de moverse, un ramalazo de dolor inundó sus sentidos.

Le costó no chillar.

Aunque intentó abrir la puerta, por mucho que moviese la manilla ésta continuaba cerrada. Salir por la ventana era su única opción.

—Mierda —musitó al sentir cómo un cristal se clavaba en su mano y le hacía una pequeña herida.

A pesar de todo, se negaba a quedarse allí quieta sin hacer nada. Intentó quitar los restos de cristales de los que fue capaz, antes de sacar el cuerpo por el hueco y dejarse caer al suelo agotada.

El sol del exterior la golpeó con fuerza obligándola a cerrar sus párpados. A su alrededor, todo parecía lejano y desolado y una sensación de vértigo y mareo se adueñó de ella. Le costó contener las ganas de vomitar.

Dudaba mucho que nadie fuese a pasar por allí para ayudarles. Si querían salir, dependía de ellos mismos el lograrlo. Cojeando, fue hasta la puerta del conductor y al abrirla, el cuerpo de su amigo cayó al suelo.

—Por el amor de Dios Daniel ¿estás bien? —preguntó intentando impedir que las lágrimas, producto de su desesperación, se apoderasen de ella—. Háblame, dime algo.

Por mucho que le agitase no se movía. Entre el miedo que sentía y el dolor, le costaba pensar con claridad.

Por lo menos el movimiento de su pecho indicaba que respiraba y no había señales evidentes de ninguna hemorragia. Eso tenía que ser bueno a la fuerza. Aunque para asegurarse, le gustaría tener el diagnóstico de un médico en un hospital. Aunque claro ¿cómo podían ir a un hospital con medio mundo buscándoles?

Estaba demasiado mareada para pensar. Se pasó la manga de la blusa por la frente retirándose el sudor y miró el cielo. O salían de allí pronto o aquel maldito sol acabaría con ellos.

Con esfuerzo, volvió hasta su puerta y miró por encima buscando su bolso. Estaba tirado en la parte de atrás con parte de su contenido desperdigado. Al meter su cuerpo a través de la ventana, gritó al sentir un dolor punzante en el costado.

Aun así, se negó a darse por vencida. Estiró el brazo hasta conseguir asir la correa del bolso, atrayéndolo hasta que estuvo en su poder y se dejó caer fuera del coche. Le dolía hasta respirar.

Al volver donde Daniel, se quedó mirando su puerta abierta con mala cara.

—¿Por qué no entré por aquí? —se preguntó frustrada.

Sacó el móvil del bolso y miró la batería. Apenas una raya. Tendría que ser suficiente. De memoria, marcó un número que conocía a la perfección. Al segundo tono la conocida voz de Clara sonó con alegría.

El secreto de DanielDonde viven las historias. Descúbrelo ahora