5
Llegó corriendo hasta la playa. La arena no frenó su carrera aunque sí la de Ulises. Oía las voces de sus compañeros. Ya habían preguntado por ella. Halia no era un elemento indispensable para practicar, así que habían comenzado sin ella. Podía sentir el sonido de las flechas clavándose en las dianas. No hacía ni una leve brisa.
Llegó hasta ellos y se detuvo junto a Karen. La joven la miró sorprendida. Halia ni siquiera jadeaba.
—Pensábamos que no ibas a venir —le dijo.
—Me he entretenido —se disculpó ella.
—¿Tienes flechas nuevas? —curioseó Karen en el carcaj de Halia— ¡Qué largas!
Halia le quitó la flecha de las manos. Karen quedó callada.
—¡Ven Halia! —la llamó Karen— nosotras compartiremos esta Diana.
Se oyeron risas, más jóvenes pasaron de largo. Era un grupo de chicos y chicas del instituto. Halia los reconoció al instante. El club selecto de los guapos, listos y perfectos. Si hubiese tenido algo que vomitar en su estómago, lo hubiese hecho.
—Van a las rocas todos los días. Usan prismáticos para ver si ven alguno y llevan cámaras —le susurró Karen mientras Halia cargaba el arco, esta vez con una flecha convencional.— Quieren sacar sobresaliente en el trabajo de ciencias.
Halia sonrió. Se oyó un motor.
—¡Guau! –exclamó Karen— Parece que alguien ha cogido la lancha de papá.
Halia lanzó la flecha. Esta vez sí se había cubierto con las muñequeras y los protectores de cuero para no quemarse. Notó la diferencia al lanzar una flecha normal, infinitamente más lenta que las que le había preparado su amigo.
—Están locos —dijo Halia riendo— De todas formas el mar está tranquilo, no verán ninguno.
—Todo esto que está pasando… —decía Karen— Hemos crecido con las historias de las sirenas, los ángeles y esos animales de la montaña. Son leyendas, personajes de cuentos. No monstruos.
—Parece que no nos contaron bien el final de cada historia —Halia cargaba una nueva flecha.
—Hacía años que no se veía ninguno. —continuaba Karen— Mi madre dice que cada vez que hay rumores de sirenas en la costa, al poco tiempo, la reina del mar viene a castigar la isla.
Halia rió.
—A castigarla, ¿por qué? —tiró de nuevo.
—¿Por qué va a ser? —Karen miró a Halia extrañada— Ninguno de estos seres pueden acercarse a los humanos. Está prohibido. Y lo castigan con la muerte.
Karen miró al cielo.
—¿Te imaginas que existieran de verdad? —dijo Karen y Halia frunció el ceño— Sería bonito…quiero decir. Que los reyes y sus hijos existieran.
—Alguno más que otros —Halia volvió a tirar.
—¿Cómo será Paris, la reina del mar? —Karen observaba a los jóvenes de la barca.
—Supongo que grande, como su padre Poseidón. —Halia sonrió, eran las historias de su niñez.
—¿Y los seres de la montaña? Ellos pueden convertirse en el animal que quieran. Aquí hay muchos animales, hay quien dice ver osos, ¿Y si son ellos?
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Cazadores de Titanes: La cuarta raza
FantasyUna isla al norte de Noruega queda aislada, remolinos en el agua y en el cielo hacen que barcos y helicópteros acaben en las profundidades del mar. Halia, una joven invidente, vive en esa isla donde testigos dicen ver criaturas en el cielo, la monta...