25

2.5K 19 0
                                    

Michelle no esperó que Mark atracara el barco en el puerto al pie de su casa. Se tiró al agua, y corrió sobre ella hasta la casa. Halia los esperaba encima de su roca, como siempre hacía cuando Mark se adentraba mar adentro.

Michelle no se detuvo ante Halia y entró al interior de la casa, dejando a la niña confusa. Halia no fue tras ella, sino que decidió esperar a su tío. Sentía la necesidad de contarles el ataque de los harpianos. Pero Michelle no dio ninguna muestra de poder atenderla en aquel momento, y sin su presencia no se lo podría contar a Mark.

Mark y el resto de su equipo entraron en la casa, y Halia los siguió. Michelle se encontraba en una de las mesas de madera del salón, con un portátil abierto y alguien hablándole desde su pantalla.

—No te acerques a esa isla —le decía.

Mark se asomó a la pantalla. Un hombre de edad avanzada y pelo  cano le hablaba a Michelle con demasiada firmeza. Era demasiado viejo para ser un cazador. En cuanto cuando el hombre vio a Mark a través de la cámara, miró a Michelle pidiendo explicación.

—Es la familia de Halia —dijo Michelle en tono de disculpa —¡Halia ven!

Al oír ese nombre, el hombre de la pantalla pareció cambiar su talante. Mark vio la curiosidad en sus ojos cuando Halia se colocó frente al ordenador.

—Halia —le dijo Michelle— Él es algo así como el padre de los cazadores.

Michelle rió y el hombre la miró con enfado.

—Halia —dijo el hombre ignorando las risas de Michelle— Mi nombre es Edmund Hemingway. Y dirijo el centro de cazadores desde hace más de cuarenta años. A pesar de lo que te pueda decir esta cazadora de mí, soy el culpable de que el número de cazadores disminuya tan lentamente. Me encargo de su formación, así como de sus rutas. Solo que a veces alguna cazadora se me sale del tiesto.

Miró a Michelle con dureza.

—Encantada —le dijo Halia obligando a Edmund a mirarla de nuevo.

—Serás bienvenida aquí —le respondió él— Michelle me ha dicho que quiere ser tu maestra de caza.

Halia asintió.

—Aún falta mucho para que puedas salir de caza con ella, pero espero que no aprendas sus malas costumbres o dimitiré de mi cargo. No pienso aguantar dos como ella.

Cinthya sonrió al oír aquellas palabras.

—E intenta convencerla de que haga todo lo posible para sobrevivir durante todo tu aprendizaje —continuó— Y no se dirija a …

—No voy a morir —le cortó Michelle.

—¿Uluar, Gabriel, Azael y Arise? No vivirás, ¡estás loca Michelle! Y no pienso perder a mi mejor cazadora por una locura.

—Aun no confías en mi.

—En tu poder sí. En tu cordura no.

—Maté a su esposa, Electra —le argumentó Michelle.

—Electra no tenía ni la mitad de poder que Uluar. De todos modos fue una locura por tu parte. Ella sí podía matarte.

Mark tragó saliva. Hasta lo que había podido entender, Michelle había matado a un coloso, y recordó las palabras de Calipso “Veinte cazadores se necesitaron para matar a Poseidón”

—Ya no, y aun después de eso no confías en mi. ¿Es por Gabrielle? ¿Piensas que es más fuerte que yo?

Halia sintió una punzada en el pecho. Gabrielle la hija de Atlas, Azael, Arise, Uluar, era como introducirse en un cuento fantástico que hubiese leído cientos de veces durante años. “Son de verdad, existen, y posiblemente maten a mi maestra”.

Cazadores de Titanes: La cuarta razaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora