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El timbre sonó al fin. Halia recogió sus cosas rápidamente para marcharse. Karen le recordó nuevamente el lugar y la hora en el que habían quedado en la playa. Tenía que recoger su arco del gimnasio.

Fue la primera en salir del aula, alguien se le intentó adelantar pero tuvo que apartarse de su camino. La mochila de Halia golpeó la puerta tras ella. Corrió por el pasillo, algunas partes del suelo estaban húmedas, y no pudo acelerar todo lo que era capaz. Pronto atravesó el umbral de la gran puerta que daba al patio de las pistas. Llegaría al gimnasio en segundos.

El patio estaba lleno de alumnos, unos jugaban al futbol o baloncesto. Otros se habían sentado en las gradas a tomar el almuerzo. A su nariz llegaron una mezcla de olores. Pero su oído se concentró en los chirridos que hacían los botines de sus compañeros, al rozar el pulido suelo del gimnasio.

Ulises y su correa le impedía correr más rápido. Intentó tirar de la correa para que el can acelerara, pero lo único que obtuvo es una carraspera canina procedente de la garganta de Ulises. Llegó por fin y frenó. Las suelas de sus botas patinaron antes de detenerse del todo. Alargó su mano, el olor a piel era inconfundible. La funda de su arco la esperaba.

La cogió en seguida y la colgó en su hombro derecho. Sintió su cuerpo completo al fin. Sus compañeros habían pedido a Halia usar su arco para practicar. Era un buen arco, quizás el mejor de toda la isla. Tío Mark lo trajo para ella en uno de sus viajes y desde entonces lo llevaba siempre consigo. No solo practicaba con él en el instituto con el equipo o en la playa. También lo solía usar en la soledad del bosque. Pero era un dato que prefería no revelar a su tío Mark.

Tocó a Ulises indicando que se preparara para una nueva carrera. Niña y perro salieron del gimnasio y atravesaron el patio de nuevo hacia la salida. Las voces se alejaban y el terreno bajo sus pies dejó de estar nivelado. Llegaba al bosque.

Sin detener la carrera soltó la cadena de Ulises. Aceleró y ganó unos metros de distancia al perro. Las pisadas del cuadrúpedo se oían cada vez más lejos. Halia era veloz, delante de los demás no podía mostrar al completo su agilidad y destreza en la carrera. Estaba harta de la actitud de las personas que la rodeaban. Siempre que hacía algo, se sorprendían. No lo entendía. Solo era ciega, el resto de su cuerpo, respondía a la perfección.

—La vista no es necesaria para correr —dijo esquivando un árbol — ni para saltar.

El tronco muerto de un árbol caído se interpuso en su camino. Pudo saltar la altura suficiente para no rozar ninguna de sus ramas. Buscaba un olor en concreto, lo había percibido unos metros atrás, pero no con la intensidad suficiente como para sentirlo lo suficientemente cerca. Frenó. Quizás corría demasiado rápido. Eso se temía. Últimamente ganaba velocidad, Ulises no podía seguirla y ni siquiera su olfato se había acostumbrado a guiarla con tal rapidez.

Respiró hondo, necesitaba azúcar de nuevo. El olor que buscaba se hizo intenso tras su espalda. Halia se apoyó en el árbol más cercano y sonrió.

—Impresionante —dijo la voz— cada día más veloz.

Halia se giró hacia él.  Ulises acababa de detenerse a su lado.

—Ya ni siquiera él puede seguirte. —volvió a decir.

           —Tenía que salir de allí —suspiró Halia tanteando el cuello de Ulises hasta llegar al pequeño mosquetón que sujetaba la cadena. La mochila se resbaló de su hombro y cayó al suelo. Todo lo que llevaba en su interior se esparció por el suelo.

     Lo sintió pasar rodeándola. Guardaba silencio, Halia estaba acostumbrada a su presencia y olor, sin embargo, aun se incomodaba en los momentos en los que el no hablaba. Ulises gruñó, siempre lo hacía cuando él se acercaba. Halia recogía sus pertenencias del suelo y las metía en la bolsa con rapidez. La necesidad de azúcar se acentuó en su estómago.

Cazadores de Titanes: La cuarta razaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora