—Se alimenta de carne cruda —le decía la cazadora colocándole unos guantes que le llegaban hasta el antebrazo— Aún os queda mucho aprendizaje a ambos, pero te será de gran utilidad.
Halia se lamentó de tener que llevar guantes por obligación. Antes de colocárselos Michelle lo había dejado claro, no podría quitárselos fuera del centro de cazadores. El regalo que acompañaba a los guantes, una cría de búho real, que sería su segundo par de ojos prestados, con los que podría divisar harpianos a kilómetros de distancia.
Acarició al pequeño animal y recibió un picotazo en respuesta.
—Sin esos guantes te hará sangrar a menudo y eso se puede transformar en muerte para un cazador —le explicaba Michelle— Son inteligentes, ya otros cazadores los han usado, incluso sin carecer del sentido de la vista. Los cazadores no tenemos alas, y el cielo a veces esconde sorpresas que se nos escapan.
—¿Qué nombre vas a ponerle? —era la voz de su tío Mark.
—No…no lo se —quizá tan solo unos días antes, se le hubiese ocurrido ponerle Uluar, Arise o Paris, pero tras la llegada de Michelle, aquellos nombres dejaron de ser mitológicos.
—Te enseñarán a llamarlo mediante sus propios sonidos —aclaró Michelle— Durante la caza no podrás llamarlo por su nombre a gritos.
Halia notó como su tío Mark se movía en la silla, quizá lamentándose de su pregunta absurda. Y así era, pero Michelle se había encargado rápidamente de dejar claro que el búho era un elemento de caza y no un animal de compañía.
El ordenador de Michelle emitió un sonido.
—Llevan sonando toda la tarde —le informó Mark— Cinthya dice que el… aparato que le dejaste tampoco para de sonar.
Michelle asintió con la cabeza y se dirigió hacia la mesa donde había dejado su portátil y la conversación de Edmund. Michelle se inclinó sobre él, Mark supuso que para responder la llamada. Cogió el cable que lo conectaba al enchufe y tiró de él. El ordenador dejó de sonar.
A Mark le invadió la curiosidad, aun sabiendo que jamás Michelle contaría la realidad de sus pretensiones. Era evidente las razones de las continuas llamadas que recibía, hasta podían tener nombre propio, “Paris”. Edmund le dijo que no se acercara a ella, tampoco a la isla, y menos todavía a Uluar, pero dudaba que Michelle fuera una mujer que atendiera a razones y aún menos a órdenes. Por un momento se apoyó en la esperanza de que Halia encontrara otra maestra para su aprendizaje. Pero enseguida lo desechó por completo, cordura y disciplina, no parecían ser las bases de la personalidad de Michelle, sin embargo, la valentía que desprendían sus decisiones, y la seguridad en sus acciones lograban eclipsar lo malo. No se podía calcular la edad de Michelle, aparentar unos veinte quizás algunos más, su edad real, ni por asomo la acertaría, quizá cien años podría llevar a sus espaldas cazando titanes. Aun así dudaba que con su conducta, fuera a tener una larga vida. “No será larga, pero sí mitológica” se dijo. Solo esperaba que el día que un coloso la matara, Halia no estuviera con ella.
Michelle miró el mar y el cielo a través del ventanal de cristal del salón. Medía cada movimiento de las olas. Cada vez faltaba menos para su encuentro con Paris.
—Aún es pronto, dejará que pase la media noche —dijo casi para sí— A Paris le encanta hacerse esperar.
Halia vio la oportunidad. Había decidido llevar a Michelle al bosque antes del encuentro con Paris. La mínima posibilidad de que Michelle no regresara con vida de su charla con la reina del mar, la hizo tomar esa decisión.
Abrió la puerta de madera que daba hacia la calle frente al ventanal de vistas al mar. Miró a Michelle, no sabía cómo llamar a otra cazadora y atraerla hacia sí. Así que cerró los ojos y dijo para dentro. “Michelle ven conmigo”.
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Cazadores de Titanes: La cuarta raza
FantasyUna isla al norte de Noruega queda aislada, remolinos en el agua y en el cielo hacen que barcos y helicópteros acaben en las profundidades del mar. Halia, una joven invidente, vive en esa isla donde testigos dicen ver criaturas en el cielo, la monta...