Cada noche era lo mismo, sus gritos resonaban con fuerza en mis oídos. Ya no podía más y él no dejaba de gritar. Hacia un par de horas que ya no contaba las botellas que tiraba, se lo había pedido, le había pedido que dejase de beber.
Gritos y gritos que resonaban en la casa y sus marcas aún eran visibles en mi piel como marcas moradas que la pintaban con dolor y violencia, incluso notaba ese sabor metálico en mi boca.
-¿Mami? -susurro la pequeña criatura que descansaba en mi regazo.
Alzó su manita para acariciar mi deteriorado rostro y cuando me di cuenta me quitaba mis lágrimas.
Oía sus gritos llamándonos, pero aquella tienda de campaña era nuestro pequeño mundo. Hasta la mañana siguiente era nuestro refugio.
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