Visita al Zoo

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Habían quedado en el zoo, ella una joven de dieciséis años y el un guarda del zoo rozando los cuarenta con una avanzada alopecia.
Caminaban agarrados de la mano, para ella era una visita privada, para el tan solo una noche más de trabajo con un poco más de  compañía que tan solo las bestias encerradas.
Vieron a los rinocerontes, las cebras, los diferentes reptiles, los adorables pingüinos que a ella tanto le gustaban.
Por último fueron a ver el gran acuario del que disponía el zoo, había cientos de peces con muchos colores.
-¿Sabias que a los tiburones se les caen los dientes e inmediatamente les vuelven a salir -preguntó él.
Ella no tuvo tiempo de reaccionar, ya estaba en el suelo y él encima de ella inmovilizándola.
-No me des estos sustos -dijo ella riendo, pero su sonrisa se disipó cuando vio que no era un simple susto.
Agarró los brazos de ella con una de sus manos y la otra se la llevó a su espalda y en su mano había un oxidado alicate.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó ella observando con horror.
El no respondió tan sólo la miraba, alzó la mano y golpeó con la punta del alicate su boca.
Se oyó como algún diente se rompió, aprovechó que ella había abierto la boca para meter la herramienta hasta detrás de su boca, donde le arrancó las muelas una a una.
Ella notaba la presión del diente abandonando la encía y el sabor metálico que dejaba la sangre. Una a una las muelas fueron sacadas y seguido el resto de sus dientes. Uno a uno, fueron saliendo y cayendo al suelo chocando entre ellos.
Cuando ya no le quedaban más dientes él se levantó y ella tocó sus encías desnudas, llenas de sangre y algún trozo de diente que se le había quedado.
Ella se levantó y salió corriendo dejando allí al guarda del zoo y a todos y cada uno de sus dientes.

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