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Feliz, con una sonrisa en la cara como pocas veces me atrevía a llevar, me dirigí al polideportivo. La verdad es que las piscinas nadadas la noche anterior me vinieron bastante bien, aunque la mayor culpa la tenía mi encuentro inesperado con Martín y sus abdominales.

Seguí el mismo ritmo que el día anterior y cuando vi que ya llevaba una hora, salí. Esta vez, sin un pivonazo que me cogiera del tobillo, desafortunadamente.  Me duché lo más rápido posible y salí del vestuario. A la salida, la chica de la recepción me llamó.

-Perdona, ¿te importa rellenar el formulario? Son unas preguntas acerca de las instalaciones, solo te llevará unos minutos…

-Claro que no, ¿tiene que ser ahora?

-No, si tienes prisa coge este boli, te lo puedes quedar, y el próximo día me entregas el formulario…

-Vale, gracias.

Cogí la hoja y el bolígrafo y me despedí amablemente de ella. Al salir de las instalaciones, ahí estaba. La moto de Martín. Me extrañó que no estuviera en el parking, pero supuse que era porque se encontraría con la suerte de tener un aparcamiento al lado de la puerta. Sonreí inconscientemente. Se me encendió la bombilla. Rompí un trozo del margen en blanco que tenía el formulario y le escribí: <<Lunes, 12:30. Espero que te busques una bici, no pienso llevarte yo… -África J>>. Metí el papel por una raja de la mochila que tenía incorporada detrás del asiento y me alejé.

De camino a casa, y al pasar por la de Raquel, decidí llamar a mi padre y decirle que cenaría en casa de mi amiga. Me sentía con la obligación de preguntarle cómo llevaba lo de Sergio. Tras eso, me acerqué a un supermercado cerca de allí, compré un bol de helado y volví a casa de Raquel.

-Traigo helado y un hombro…-le dije, cuando me abrió la puerta.

Sin que me lo esperara, se lanzó a mí y me abrazó.

-Te quiero-me dijo.

-Yo también, pero dejaré de hacerlo si no me cuentas tus cosas, tonta.

Se despegó de mí y me hizo pasar.

-Es que esta vez tú tenías mucho que ver, y no quería decírtelo… ¿Te lo ha dicho Sergio?

-Sí…

Pasamos por la cocina antes de llegar a su habitación.

-Mamá, prepara un plato más, África se queda a cenar.

Carlota, su madre, me dio dos besos amablemente, me preguntó por mis padres y después nos fuimos al cuarto de Raquel.

-¿Y él cómo está?

Nos sentamos en la cama, contra la pared. Ella había cogido dos cucharas de la cocina y abrimos el helado, siendo conscientes de que esa noche primero empezaríamos por el postre.

-Bien, no sé.

-Puedes decirme que está perfecto… Ester me ha contado que esta noche salía con Lucas y sus amigos…

Suspiré.

-Bueno, igual es que quiere olvidarse un poco del tema y se refugia en los amigos…

-Yo me refugio en vosotras sin necesidad de ir de fiesta.

-Bueno, no te tiene que importar lo que haga, tienes que pensar en recuperarte…

-Pf…

-¿Sabes lo que tendrías que hacer? Salir como él hace… Ponerte una buena minifalda, taconazos, deshacerte el moño este que me llevas, lucir tu melenaza rubia y ligarte a un pivón.

ÁfricaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora