Una luna, un arcoiris y un clavel

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Otro almuerzo familiar llegaba a su fin  y cada miembro de la familia se había dispersado para realizar sus actividades cotidianas. Los niños miraban una película un en la habitación de Bruno,Salva, Don Salvador y Pablo se hallaban en el estudio de este último finalizando los detalles de la mudanza del hermano del medio hacia la capital española, Elena había salido a beber un café con una de sus amigas y tanto Andrea como yo terminábamos de empacar los últimos juguetes de Bruno.  Estaba siendo una tarea muy ardua, el pequeño tenía millones y estaba segura que la mitad de ellos habían sido regalos de Pablo, él daba todo por consentir a sus sobrinos.

Mi segundo día en Málaga y comenzaba a sentirme mucho más cómoda alrededor de su familia, pareciera como si en cada visita lograse encajar de mejor manera con cada miembro logrando descubrir ciertas características de las personalidades de cada uno y en cada uno de ellos encontraba algo de Pablo.  Por ejemplo, Elena tenía una calidez tan especial cuando hablaba mirándote a los ojos y lograba transmitir todas sus emociones y su verdad a través de su mirada, tan característico de Pablo.

Restaban cerca de veinticuatro horas para volver a Madrid y continuar con mi trabajo en la fundación, serían dos semanas más lejos de Pablo, una semana más que no compartiríamos la misma cama ni las mismas mañanas compartiendo entre besos repartidos un desayuno.  Se suponía que no habría más distancias, se suponía que después de tantos kilómetros que se interpusieron entre nosotros cuando arrancó la gira tendríamos nuestra merecida tregua con el tiempo, y me dolía. A la misma vez sabía que era por mi bien, por realizar el trabajo de mis sueños y por seguir creciendo. Con Pablo íbamos a estar bien, así debía ser. 

-¿Y Casi?

Me preguntó de repente, interrumpiendo la simple conversación que estábamos sosteniendo acerca del nuevo colegio donde empezaría Bruno.

-Dijo que iría por cinta de embalaje y no ha vuelto.

-Qué raro, a lo mejor salió a comprar.

-¿Quieres que vaya por las cintas?

Me ofrecí al darme cuenta que si no teníamos el material no podríamos seguir avanzando y el camión de mudanza llegaría en dos días.  Aún quedaba tanto por hacer.

Andrea asintió y me puse de pie para dirigirme al estudio de Casilda. La casa estaba tan tranquila y me parecía raro, pues con tres niños enérgicos corriendo de un lado a otro no era común. En ese momento solo se podía escuchar a lo lejos el sonido de la película de dibujos animados desde el segundo piso. Pasé por la cocina a beber un vaso de agua y continué mi camino para llegar finalmente al espacio indicado. Despistada, abrí la puerta y pegué un pequeño salto al darme cuenta que Casilda estaba allí de espaldas a mí con sus manos en el escritorio.

-Lo siento Casilda, yo solo venía a buscar...

Nuestra relación seguía siendo cordial y nada más. No se podía comparar a lo cómoda que me sentía cerca de Andrea o de Salvador. Con Casilda sentía que continuaban existiendo ciertas barreras. Y claro, sabíamos por qué.

-Está bien, tómala. Está sobre la repisa.

Su voz se entrecortaba y la carga emocional con que me dijo aquellas simples palabras lograron estremecerme. Ella no estaba bien y me sentí impulsada a preguntarle qué le sucedía y otra parte de mí me decía que no era asunto mío y que debía volver a con Andrea, avisarle lo que sucedía y esperar a que ella viniera.

Exhalé aún en la puerta y me fijé en la repisa en mi lado derecho donde descansaban cientos de revistas de decoración y no, no había ninguna cinta.

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