• Capítulo XXVII •

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  La lluvia golpeaba el techo de la sala velatoria, como rompiendo el silencio que coexistía allá adentro.
  No había tanta gente ya. Sofía miraba sin pestañar, aquel recipiente macizo de madera que contenía el cuerpo de su Nicolás. Estaba sentada en un banco, con Rodrigo acostado en su regaso. Anabel se encontraba al lado suyo abrazando los piecitos de su nieto, con la mirada triste sin un punto fijo.
  Pasaron treinta minutos. La gente iba a desalojando el lugar sin antes despedirse de Sofía, que realmente no les prestaba demasiado atención.
  De repente, se abrió de par en par las puertas de la sala velatoria e ingresaron un señor alto con campera verde y una señora canosa, coqueta con aire de superación.
  Anabel detectó la presencia de los individuos y velozmente con el codo, intentaba llamar la atención de Sofía que recibía el golpe de advertencia de su madre pero no se inmutaba.
  - ¡Hija!
  Sofía no dejaba de observar aquel cajón de madera.
  - ¡Sofia! Con un tono un poco más severo e inquieto por parte de Anabel.
  - ¿Que? ¿Que pasó? Sin levantar la vista, contestaba Sofía.
  - ¡Es Javier! Y esa debe ser su madre. Tu ex suegra, Alicia.
  Sofía, en un pestañar de ojos ya había acomodado a Rodrigo sobre el banco y corriendo se le abalanzó sobre su ex marido.
  - ¡Sos un hijo de re mil puta, Javier! ¿Cómo pudiste? ¿En que carajos estabas pensando? Fueron las palabras de una Sofía desencajada por la rabia. No le importó el momento ni el lugar en el que estaba. Exigía explicación de un Javier que no decía nada. Sólo se tapaba la cara con las manos de la vergüenza y de la humillación que sentía. No podía ni verla a la cara.
  Sofía seguía increpandolo.
- ¡Contestá pelotudo! ¡Contestá cagón! Sofía estaba descargando toda su ira acumulada. Javier seguía mudo.
  - ¡Dejalo tranquilo! Fueron las palabras de Alicia.
  - ¿Que lo deje tranquilo? ¡Mató a nuestro hijo! Y sin dudar, de una cachetada en medio de la cara desparramó a la señora canosa por el suelo. Fue tan potente el golpe que la prótesis dental de Alicia se estampó contra el piso y se hizo añicos. Anabel estaba boquiabierta. Nunca su hija había sido capaz de lastimar a nadie. Siempre fue una mina indefensa, que era pisoteada por todo el mundo.
  Javier se percató de la situación ocurrida, e intentó ayudar a su madre que estaba en el suelo, cuando nuevamente la puerta doble se abrió. Una ráfaga de frío ingresó. Y un escalofrío corrió por la espalda de Anabel.
  Dos hombres de traje negro, uno con moño y otro con corbata se hacían presente en la sala. Sofía reconoció al de corbata.
  - ¡Es el del taxi! ¡El que te conté! Gritando a Anabel.
  ¡Es tu socio, maldito! Mirando a Javier. Su ex marido estaba petrificado en la sala. No podía moverse. Estaba paralizado de pies a cabeza, observando al cajón donde permanecía Nicolás.
  ¡Hacé algo! Fue el imploro del grito de una Sofía que no quería pasar por más situaciones de este modo. Javier no se inmutaba.
  - ¡Javier Menéz! Dictaminaba Gabriel con un tono serio y seco.
  - ¡Señor puedo explicart..! Javier como volviendo en sí y mientras daba media vuelta para poder ver a los ojos a los narcos y suplicar su perdón pero era interrumpido por Don Carlos que ya había empuñado un revólver 38, gris, y sin contemplación del lugar y de lo sucedido ya había disparado dos tiros que se encrustaban en el pecho y en el corazón de Javier sucesivamente. Convirtiendo el lugar en un auténtico caos. El cuerpo de Javier cayó al suelo y provocó un río de sangre. Sofía había quedado paralizada apoyada sobre una de las paredes. Anabel se desmayó al ver tanta sangre. La gente salía corriendo del lugar. Una mujer alertó a la policía y fue lo último que hizo en su vida. Otro disparo, pero ésta vez desde una pistola 9 mm. Había sido disparada ante su humanidad.
  - ¿Como los viejos tiempos, no Jefe?
  - ¡Vamonos! Ya no podemos estar aquí.
  Sofía y Anabel no podían moverse. Estaban paralizadas. El cuerpo de Javier y de la señora en el suelo. La gente aterrada ya había abandonado el lugar. No quedaba nadie.
  El Jefe Narco y Gabriel salieron del edificio y se encontraron cara a cara con el Comisario Costas, el Suboficial Godoy y la Detective Nievas.
- ¡Alto las manos dónde podemos verlas! ¡Y lentamente bajen todas sus armas! Gritó el Comisario Costas, mientras él y el Suboficial les apuntaban a la cabeza con sus armas.
  Los narcos estaban rodeados.

La Danza de la Mariposa ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora