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Un par de días después, tengo algunas novedades acerca del caso. El teléfono de Omar seguía intervenido y nuestros oficiales escucharon una conversación en la que un hombre amenazaba con matarle si no le pagaba su dinero. Estaba harta de escuchar lo mismo una y otra vez; ¿qué deuda podía tener Omar que no pudiese pagar?, era un hombre adinerado y solía hacer negocios con personas del mundo de la construcción. Trabajaba con el padre de Amelia quién lo tenía en alta estima y no dudaría en ayudar a su futuro yerno si éste estaba en aprietos. Pensé entonces que se podía tratar de un caso de drogas; pero si este era el caso, Omar no sería un consumidor sino un traficante. Sacaba estas conclusiones porque me era fácil reconocer a un adicto. Él no daba indicios de serlo. Su aspecto era prolijo y pulcro. Sus manos impecables y sus rasgos físicos eran los de un hombre que cuidaba su salud. Estaba muy confundida. Mi mente estaba inmersa en un abismo de confusiones. Sabía que no podía detener a Omar Arafat una vez más porque no estaba obligado a darnos ninguna declaración. Hasta ahora no teníamos nada que lo vinculara con algún delito; pero a estos hombres podríamos detenerlos y acusarlos de extorsión hacia él. Ellos no dudarían en involucrar a Omar para no ser los únicos en caer. De esa forma sabríamos de qué se trataba todo.

Odiaba admitirlo, pero Alex comenzaba a hacerme falta. Había trabajado con él los últimos cinco años y nos habíamos acoplado muy bien.

Sacudo mi cabeza.

«Puedes hacerlo sola, Elena» me digo a mí misma tratando de alentarme.

                                  ***

Aquel día regresé al departamento y lo encontré solo. Revisé mi contestadora y escuché los mensajes. El primero era de Miles, mi compañero de trabajo. Me comunicó que tenía una reunión mañana con el resto del equipo a las ocho para planear nuestro siguiente paso en la investigación. El segundo era de Amelia. Me dijo que estuvo llamándome al móvil y no podía comunicarse y que no llegaría a casa pero que tenía algo muy importante que decirme. Saco mi móvil y me doy cuenta que está apagado. Me había quedado sin batería y luego me olvidé completamente de él. Pienso por un momento lo que Amelia tiene que decirme y me parece saber de qué se trata.

Siento que no puedo esperar y decido ir a buscarla al hospital.

Subí a mi motocicleta y llegué al hospital en diez minutos.

-Necesito hablar con la doctora Amelia Habash –le digo a una mujer detrás del escritorio de la recepción que no aparta su vista del ordenador.

Ella levanta un dedo sin mirarme insinuando que espere.

Intento mirar lo que ella hace frente a esa pantalla que la tiene tan entretenida y logro ver la página de "Facebook". No podía creer que fuera tan descarada.

Golpeo el escritorio y ella salta de susto. Me mira con miedo en sus ojos.

-¡Necesito hablar con la doctora Habash en este momento! –le ordeno con rudeza.

-La doctora está de guardia en la sala de emergencias. Estará disponible mañana a las ocho de la mañana -dice mirándome con desprecio.

-No sé si entendió que necesito verla, ¡ahora! –le espeto con suficiente fuerza para hacer que todos en la sala pongan su atención en nuestra conversación.

Ella se queda inmóvil con una mirada de temor.

-Lo siento, señorita -dice con voz baja y quebradiza-.  La única manera que pueda ver a la doctora Habash ahora es que usted tenga una emergencia -hace una pausa-. Que esté verdaderamente enferma –concluye en un susurro.

Resoplo.

Me retiro de allí y me detengo justo en la entrada. Comienzo a llamar a su móvil y me manda directo a buzón de mensajes. De pronto me tomo las palabras de la mujer como un consejo. "La única manera de que me atienda es que esté enferma" sonrío y me dirijo al área de emergencia.

El diario de Elena (COMPLETA)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora