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Al día siguiente despierto con un gélido escalofrío y un amargo sabor en mi boca; como el que se te queda justo después de haber dicho algo horrible o de utilizar las palabras incorrectas sin tener tiempo a retractarte. Había amanecido, a mi parecer, más rápido que de costumbre. Era como si el tiempo tuviera prisa por mostrarme mi lugar, pero sobre todo en mostrarme el de Amelia que, sin duda alguna, era muy lejos de mí. Estar en esa situación era totalmente nuevo para mí. Estaba acostumbrada a tener el control de todo lo que pasaba en mi vida; tenía un trabajo que me permitía sentirme segura e incluso brindarle esa seguridad a los demás, pero con Amelia me había vuelto completamente vulnerable y débil.

Al levantarme descubrí que estaba sola en el departamento. Amelia se había ido muy temprano. El lugar me pareció más grande si ella. Todo estaba silencioso y lúgubre, aunque eran las diez de la mañana. Ese día no me apetecía hacer absolutamente nada. Prefería quedarme en el sofá vegetando el resto del año. Sentía una pesadez en los hombros que me impedía caminar erguida. No creo haber lucido tan horrible en años.

Mi estómago se encogía cada vez más con el paso de las horas. La boda era a las tres de la tarde. Sólo faltaba una hora y media para que mi vida se cayera a pedazos.

Me sirvo mi tercera taza de té del día esperando que calme mis nervios. Camino hacia la habitación que hasta hace poco era de Amelia y los recuerdos me parecen de un siglo atrás. Me parece que fue en otra vida cuando vino aquí buscando protección. Paseo por el lugar y comienzo a revisar sus cosas. Me acerco a la cómoda y encuentro un sobre de papel. Lo abro y el enunciado me deja saber de qué se trata. Son los votos matrimoniales. Contenía sólo dos párrafos donde agradecía a Alex por haber sido tan especial con ella todo este tiempo. Las líneas eran más de agradecimiento que de amor. Le prometía aceptarlo y respetarlo justo como era y que aquel día se uniría a él y que intentaría retribuirle todo lo que él le había dado.

Aunque hubiera preferido no leer esas palabras, no me causó el dolor que habría imaginado. Tal vez era porque nada en ese momento me podría hacer sentir peor de lo que me sentía.

Luego de pensarlo algunos segundos, decidí llevárselos, pero antes los modificaría un poco. Bueno, tal vez más que un poco.

Me coloco unos vaqueros y una camiseta negra. Bajo al estacionamiento, monto en mi motocicleta y me marcho.

La boda era al aire libre en una pequeña capilla donde se habían casado los padres de Alex. El lugar estaba adornado con flores rojas y margaritas. Las favoritas de Amelia. Había una alfombra roja que llegaba hasta el pequeño altar rodeado de las filas de sillas donde estarían los invitados. Todo se veía más o menos como cualquier persona imaginaría una boda. Me dirijo hacia una mujer vestida de azul oscuro que parecía estar a cargo del protocolo.

-Hola, soy Elena. Soy amiga de la novia y quisiera verla.

Su gesto es desagradablemente altivo.

-Dime tu apellido -dice mientras revisa la lista de los invitados.

-Hanks...

-Está en ése salón con sus damas de honor -hace un ademán con su mano señalando hacia un salón contiguo.

-Gracias.

-Toc-toc -hago en la puerta con las manos temblorosas.

Una rubia me abre la puerta y sonríe ampliamente.

El lugar está repleto de mujeres uniformadas con un vestido rosa pálido que arman un alboroto con mi presencia.

-Hola -la chica hace una pausa tratando de recordar mi nombre. Nos habíamos visto en la despedida de soltera de Amelia la noche anterior-. Elena, ¿verdad?

El diario de Elena (COMPLETA)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora