Capítulo 6

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Sus ojos quedaron fijos en los míos, hacia el intento por no enfadarme más de lo que ya estaba, pero me era imposible.

–¡¿Qué haces aquí?! –grite en su dirección, ella retrocedió un pasó y coloco ambas manos al costado de su cintura.

–La pregunta aquí, es, ¿que haces tú, aquí? –recalcó el "tú".

La mire incrédulo, ¿enserio me lo estaba preguntando? Y para colmó se hacía la inocente.

–¿Sabes? Olvídalo, nos vamos –la tome de su brazo, apretando el agarré. Ella se quejaba a lo largo que caminábamos hacia la salida, pero le resté importancia.

–¡Ya suéltame! –exigió, se movió inquieta, tratando de que aflojara mi agarre.

–¿Qué estaba pasando por tu mente al venir aquí? –gruñí.

–Se que algo escondes, Pimentel. Y tenlo por seguro que lo descubriré –dijo decidida, abrió la puerta del auto y se sentó en el asiento de copiloto, dando un fuerte portazo.

Por favor, paciencia con la chica.

[...]

En el resto del día, ella no había cruzado palabra alguna conmigo.

Subí los pies al centro de la mesa, coloqué el bote de palomitas sobre mi estómago y me dedique a mirar la televisión.

–¿Dónde esta mi celular? –pregunto ella posándose frente al televisor, evitando mi mirada del programa.

–No lo se, deja me molestar –dije bordé.

–¡Joel! Lo necesito urgentemente.

–Y yo ya te dije que no se dónde... –guarde silencio rápidamente, mierda, seguramente se lo dejó en la cárcel.

–¿Qué decías?

–¿Yo? No, nada –murmuré, no podía volver ahí, por lo menos en un tiempo, hasta que Vera lo olvidara, lo cual esperaba que hiciera, aunque no tenía muchas esperanzas.

–¿Seguro que no sabes?

–Segurísimo –intente sonar seguro.
Ella asintió un tanto convencida, volvió a su habitación y por fin pude soltar el aire contenido, maldita suerte.

Estrié mi brazo hasta el filo del sillón, tome el control remoto y apague el televisor. Subí las escaleras a pasos rápidos, para poder llegar hasta mi habitación.

Tenía que comunicarme con el.

Erick Colón

No dejaba de pensar en ella, en lo cerca que estuve de tenerla frente a mi.

Su cabello había abandonado el color rubio para convertirse en un color café, había notado que había bajado un poco de peso y tan sólo espera no haber sido del motivo de aquello.

–Incómodo, ¿no? –abandoné mi rostro de entré los barrotes y camine hacia la "cama".

–Algo así –me encogí de hombros.
El chico me miraba atentamente, examinando mi rostro.

–Jamás creí que alguna ver vería el rostro del famosísimo Erick Brian Colón –soltó una risa amarga–. Pero acá estamos, y me sorprendiste por completo.

No dije palabra alguna, sólo lo deje que siguiera hablando.

Eran pocas las personas que se sorprendían al verme aquí, suponía que algunas ya se lo esperaban, mientras que la otra mitad se detenía a pensar el cómo fue posible el que me atraparan.

–Eres asombroso –fue lo último que dijo el chico. ¿Asombroso? Que quería decir con eso.

Lo ignore por completo y me deje caer en la especie de cama. Coloque mis brazos por debajo de mi cabeza, para tener más comodidad. Esto era el mismísimo infierno, pero el saber que lo hice por su bien, por su seguridad, de alguna forma lograba tranquilizarme.

La luz fue apagada por completo, dejándonos en la oscuridad, sin ningún tipo le luz, ni siquiera la que otorgaba la luna.

–Aguanta Erick, puedes hacerlo –murmuré para mi mismo, con los ojos cerrados.

Cada día que pasaba era más pesado, y si me dieran a elegir entre la muerte y el seguir aquí, posiblemente opte por la primera opción.

Mis ojos se cerraban a medida pasaban los segundos, hasta que caí en un profundo sueño.

[...]

–¡ARRIBA! ¡HOLGAZANES! –gritó una voz gravé.

Comenzaron a golpear los barrotes con un palo metálico, haciendo un tremendo escándalo. No hacia falta preguntar por la hora, sabía que eran las seis de la mañana, nos levantaban a la misma hora todos los días.

Tallé mi rostro y solté un bostezo.
El guardia abrió la puerta y salí sin problema alguno, tocaban las duchas.

Una de las peores cosas aquí, no teníamos privacidad, obviamente. Y no faltaban los morbosos que te comían con la mirada una vez dentro de las duchas.

–¿Fría? –pregunte en referencia del agua, el sólo asintió.

Una vez al mes, teníamos el "privilegio" por así decirlo. De utilizar el agua caliente para las duchas, era el mismísimo cielo para algunas personas.

Fui de los primero en enterar, me deshice de la ropa rápidamente, y me adentre en las duchas. Tomando lugar en la segunda.

Sólo me limitaba a limpiar mi cuerpo, sin prestar atención a las personas presentes. No quería llevarme una sorpresa al voltear.

Enrollé la toalla al rededor de mi cintura y camine hasta donde estaba el guardia, me cedió el pasó, y me adentre en la pequeña habitación que utilizábamos como vestidor. Coloque la camiseta y el pantalón con lentitud, una vez listo salí y entregue la toalla.

Un guardia más me esperaba afuera.
Golpeó mi espalda con el filo de un tubo, que llevaba en manos. No me quejé, sólo deje pasar el dolor, tenía que acostumbrarme a esto, por más doloroso que fuese.



»Si este capítulo pasa de los ochenta o noventa votos, haré un maratón«

Plan de escape |EDUA#2|Donde viven las historias. Descúbrelo ahora