Capítulo XXIII

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La ceremonia había concluido, había sido muy bonita y aunque me prometí no llorar, era imposible impedir que esa sensación no saliera al exterior, pues ahí estábamos todos, algunos situados en frente de varios cajones de madera que albergaban a guerreros y héroes, mientras otros, eran aquellos guerreros y héroes dentro de esos cajones, era muy devastador pensar que podría ser cualquiera el que estuviera ocupando esos lugares, pero era aún más devastados sentir la impotencia de poder hacer algo para devolverles la vida, deje todo en ese lugar, me despedí de ellos, tome mi maleta y me fui. Me acerque a la estación de tren más cercana y aborde uno rumbo a casa.

El viaje había sido muy largo y agotador, conmigo solo traía mi maleta en la espalda y colgadas en mi cuello las tradicionales placas que me identificaban en el ejército como soldado, no era costumbre, tampoco lo sentía como una obligación, creo que simplemente era cuestión de orgullo, desde que me las dieron no recuerdo habérmelas quitado y aunque yo había sido uno de los llamados, no porque quisiera, sino porque las circunstancias me obligaban, al final, es un honor poder portar un uniforme como ese.

Pero aquel sitio no era mi hogar y aunque ahí viví momentos difícil, experiencias inolvidables y conocí personas increíbles que siempre voy a recordar, yo no hacia parte de ahí, mi lugar estaba aquí, junto a las personas que amaba y de las cuales no debí haberme alejado, pero ya estaba de regreso y todo se encontraba igual a como lo recordaba aquel día que partí, las mismas calles cubiertas por una delgada capa de arena que acarreaban los autos en sus ruedas luego de pasar por las calles más desiertas, los arboles un poco quemados por el intenso verano que acababa de pasar, definitivamente el mismo clima mediterráneo que caracterizaba más que todo a las zonas costeras.

Quería que mi regreso fuese una sorpresa, por lo que no le avise a nadie que iría para estar de nuevo con ellos, quería ver la expresión de sus rostros cuando me vieran otra vez, después de tanto tiempo, estaba un poco más delgado, mi cabello estaba muy corto, un tanto lastimado, pero tal vez con un espíritu más fortalecido y una filosofía de vida diferente. Decidí pasar primero por casa de mis padres. Mi padre, antes de que yo partiera, prometió que pintaría de blanco la fachada de la casa, no quería cambiarlo, simplemente retocaría el color pues, con el pasar del tiempo, la lluvia y los rayos del sol, esta se había desgastado un poco, pero me encontré con la misma fachada descolorida del día en el que me fui — ¿Austin? — Gire mi cabeza y ahí estaba mi madre, apenas reconoció mi rostro dejo caer al suelo las bolsas que llevaba cargadas en sus brazos y cautelosamente se acercó a mí para luego tomar mi rostros con sus suaves manos y darme uno de sus cariñosos besos en la mejilla.

—Mi amor... Eres tú. — Dijo consternada.

—Sí, madre... soy yo, tu hijo.

—Pero si...

—Regrese.

—Te ves muy diferente, cariño.

— ¿Demasiado?

—Tu hermoso cabello castaño, tu barba, tus ojitos agotados y... te noto más delgado.

—No te preocupes por eso, madre. El cabello crecerá nuevamente, tendré tiempo para descansar y volveré a comer tus deliciosas recetas... Lo importante es que estoy aquí.

—Tienes razón amor, te extrañe mucho.

—Ustedes también... Por cierto, ¿Dónde está mi padre?

—Claro... Él está en el auto.

Cuando entre a la casa fue casi instantánea la sensación de calidez que se hallaba ahí, me sentía en una comodidad absoluta, abrace a mi padre, quien luego soltó una carcajada al notar el cambio que había experimentado, mi madre solo lo sermoneaba como si fuese un pequeño niño, pero tenía claro que esa era su manera de entusiasmarse de que estuviera de nuevo junto a ellos dos, en casa, en mi hogar. Parecía que nada había cambiado a excepción de mí, subí a mi habitación y estaba intacta, como si nunca me hubiese ido en ella y hubiese dormido la noche anterior ahí, solté mi morral en una esquina, me lance sobre la cama y me quite los zapatos, se sintió tan bien, era como si callera levemente sobre algodones y plumas, cerré los ojos por un par de segundos para no dejar de sentir aquel confort que no sentía desde hace mucho, luego gire mi cabeza hacia la mesita de noche y la vi, dentro de un pequeño portarretrato plateado su foto, luciendo tan hermosa como ya estaba acostumbrado a verla, pueda que olvide fechas importantes, pueda que olvide realizarle mantenimiento al coche o visitar al doctor, pero jamás la olvidaría, nunca olvidaría el brillo de sus ojos o esa sonrisa tan cautivadora, era imposible, así que tome el teléfono, ingrese a los contactos y deslice la pantalla hasta que llegue a su nombre, toque sobre el y por un momento pensé en presionar para llamarle, pero antes de hacerlo, creí que sería más emocionante irle a ver desde ya, por lo que solté mi teléfono sobre la cama, me levante de ella y me cambie de ropa.

Amor AmericanoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora