En picada (Parte 2)

26 0 1
                                        

Sus piernas no dejaron de moverse en ningún momento. Sentía su corazón saltar con fuerza del pecho, al igual que un dolor punzante que poco a poco se extendía. No importaba cuantas personas lo observaran con curiosidad, el único lugar al que quería ir ahora se hallaba en su mente y nadie lo cambiaría.

Surcó uno los pasillos dando pasos largos hasta una zona que, a juzgar por la hora y el movimiento de alumnos hacia Hogsmeade, se hallaba vacía a simple vista. El último pasillo a la izquierda lo llevaría hacia la torre Oeste de Hogwarts, el único lugar en el que encontraría paz.

Se detuvo en seco por algunos minutos, sintiendo como sus piernas se entumecían. Maldijo para sus adentros por los latidos ahora subidos a su cabeza. Se hallaba empapado de sudor sin haberlo notado antes, como si hubiese corrido por horas.

Con la respiración agitada, levantó la mirada lentamente para observar cuánto le faltaba. Fue allí cuando la vio. Cualquiera que no conociera bien esa figura creería que era un fantasma. Su cuerpo pálido y escuálido se movía lentamente en la misma dirección a la que él iba, solo que unos metros más adelante.

Con sus manos aún en sus rodillas se fue reincorporando de a pocos para luego caminar rápidamente hacia ella. Había algo que le provocaba paz cada que la veía, una sensación fuerte creciendo en su corazón.

Sin embargo, la muchacha se giró al notar sus pasos. Sus ojos hinchados y llorosos lo observaron asustada, como si el tan solo verlo le provocara angustia y dolor.

Antes de poder decirle algo, Luccia emprendió marcha, girando en uno de los pasillos hacia la torre sin detenerse. Tiberius vaciló por breves segundos ¿Acaso la había asustado? ¿Ya no quería saber nada de él luego de lo ocurrido con su familia? Parecía imposible, no de ella.

- ¡Luccia, espera, soy yo, Tiberius! -gritó él corriendo detrás de ella.

El corazón de Luccia se movía agitado con cada escalón, sintiendo como sus fuerzas poco a poco se consumían hasta que, sin poder detenerlo, la mano fuerte del muchacho sostuvo la suya, haciendo contacto directo con su helada piel. Ella agachó la cabeza, cubriendo su rostro con sus cortos cabellos rubios. No se atrevería a mirarlo a la cara, no después de haberle ocultado esos secretos durante mucho tiempo.

Tiberius la observó confundido, respirando agitadamente mientras subía aquellos dos escalones que los separaban.

- ¿Por qué corres de mí? ¿Es por lo que están diciendo sobre mi familia? – comentó él dolido, manteniendo el contacto firme sobre la mano ajena.

Un sollozo sonoro hizo eco en la torre, alertando a algunas lechuzas. Tiberius acercó su mano libre hacia su mejilla, con la intención de limpiarle las lágrimas, más ella evadió el gesto de inmediato.

- No puedo...

Él frunció el ceño extrañado, acercándose un poco más para escucharla. Aquel susurro era casi inaudible, como si estuviese hablándose a sí misma.

- No puedo hacer esto, Tiberius – elevó la voz – No quiero más secretos, no quiero más dolor.

- ¿Yo te produzco dolor? – preguntó extrañado- Yo tampoco quiero más secretos. Desde que empezamos a hablar no has hecho más que evadir ese tema ¿Qué es lo que te causa ese dolor? Si no me lo dices, no podré ayudarte como quiero. Y te juro que no puedo soportar verte así por qué yo, realmente, te amo. No puedo quedarme sin hacer nada viendo como los que amo se desmoronan frente a mis ojos. Te amo, Luccía.

El tiempo pareció detenerse entre sus palabras. Sus labios temblaban nerviosos ante lo que acababa de decir, más no se arrepentía. Por fin había tenido el valor suficiente para gritarlo. Sus ojos aún se hallaban fijos en ella, observando como lentamente levantaba su cabeza, mostrando su mirada sorprendida, anonadada por sus palabras. Un sollozo aún más fuerte salió de sus labios como si su alma acabara de ser desgarrada, provocando un hincón de angustia en el pecho de Tiberius ante el desconcierto. Aquella escena era muy diferente en su mente.

Dílseacht ForittDonde viven las historias. Descúbrelo ahora