Ranas de Chocolate

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A primera hora del sábado, el campo de Quidditch se hallaba lleno de charcos de agua producto de la lluvia que azotó toda la madrugada. Y, a pesar de que sus uniformes eran gruesos, el frío podía traspasarlos, haciéndolos tiritar. Sin embargo, aquello no impedía que algunas almas curiosas se sentaran entre las gradas del campo para observarlos entrenar. Entre ellos se hallaba Stephen Vane, frotando sus manos para alejar el frío. A pesar de no ser aficionado al deporte, apoyaba a sus amigos en cada entrenamiento y juego que había. Se sentía agradecido con ellos desde la primera vez en la que hablaron pues, al ser de padres muggles, era un punto vulnerable a la hora de ser fastidiado. Tiberius y Markus hicieron la diferencia frente a los demás. Y a partir de ese momento, jamás se volvió a sentir solo.

Para cuando Tiberius observó las gradas, se topó con el brazo levantado de Stephen, agitándose como saludo. Él sonrió, pues ser apoyado por su mejor amigo era importante. Sin embargo, había algo más que deseaba, algo quizá imposible. Él no quería admitirlo en voz alta, pero realmente quería que, alguna vez, la chica de cabellos platinados estuviese viéndolo jugar.

- Bien, empezaremos a practicar, eso hará que entremos en calor - dijo en voz alta un muchacho alto de cabellos negros, sacando a Tiberius de sus pensamientos. Su rostro se veía bastante más pálido de lo normal, hasta el punto de hacerlo parecer enfermo.

Ninguno de los presentes se atrevió a preguntarle la razón, puesto a que Nathan Seans podía ser muy duro y frío con lo que le sucedía. Con el chasquido de su dedo, los miembros del equipo de Quidditch de Ravenclaw emprendieron vuelo rumbo a sus posiciones. Markus y Tiberius se elevaron juntos, chocaron sus manos como símbolo de buena suerte y cada uno fue a su respectivo puesto. El trabajo de Tiberius era el de desviar la Bludger y cuidar que esta no golpeara a los demás, en especial a su buscadora, Lya Grycut.

Una de sus pasiones era esa: volar en su escoba escuchando los gritos y aplausos de la casa de Ravenclaw. Su equipo, su familia y amigos eran su mayor impulso y no podía quejarse, pues era dichoso. Aún así, sentía que vivía rodeado de secretos. Jamás en su vida había dudado de su padre, mas todo eso cambió esa misma tarde mientras pasaba por uno de los pasillos en los que se hallaban diferentes fotos y trofeos de alumnos antiguos. En una de estas, generaciones anteriores a las de él, observó un rostro que le pareció ligeramente conocido. Podía apostar que era el mismo niño que observó en el retrato que tenía su padre. Y sus sospechas se hicieron certezas cuando leyó en la lista un nombre que heló su piel: Eramus Foritt.

- ¿Foritt? - preguntó Markus una hora después, observándolo con un gesto de confusión.

Los tres amigos se hallaban frente al fuego, alejados de los demás. Pocos alumnos se hallaban a esas horas en la sala común de Ravenclaw.

- Creí que tu papá era el último Foritt, además de ustedes - siguió Markus - ¿Nunca te dijo que tenía un hermano?

- No - respondió Tiberius lanzando una bola de pergamino arrugado hacia el fuego.

Stephen hizo lo mismo.

- Es extraño ¿Por qué alguien no hablaría de su hermano? -dijo Markus dejando un libro sobre sus rodillas - A menos que se hayan peleado. Mi papá no le habló a su hermano por cinco años solo por que este hizo le hizo un hechizo mocomurciélago.

- Tal vez no era su hermano -dijo Stephen- Quizá era su padre o algún primo.

- Mi padre no habla de su familia. Siempre a dicho que solo nos tiene a nosotros.

Las llamas del fuego se intensificaron con un nuevo trozo de pergamino proveniente de las manos de Tiberius.

- Además... eran tan parecidos. Aunque... sinceramente, la primera vez que lo vi me recordó más a... No, mejor olvídenlo - dijo Tiberius levantándose del suelo.

Dílseacht ForittHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora