Capítulo 11: El piso de los sacrificios

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Era un pasadizo realmente estrecho por el que debían pasar, las paredes arañaban cada trozo de piel que se encontraba expuesta. La joven avanzaba con cuidado para evitar lesiones innecesarias, mientras que Elías iba de lado pero sin preocuparse de que su cuerpo se siguiera lastimando. La oscuridad de aquel lugar era casi absoluta, por lo que solo podían guiarse por el tacto.

Del otro lado se encontraron con un  área completamente diferente, era como haber entrado en un antiguo  calabozo de algún castillo, pero con una atmósfera aún más siniestra. El extraño olor a incienso seguía impregnando el aire de forma más penetrante, era como una espesa niebla que los envolvía, mareándolos y haciendo de su visión algo borrosa. Aunque aquello parecía afectarle mucho más a la joven de cabello rubio.

– Mierda, casi me quedo atorado – murmura Elías sacudiéndose el polvo de la ropa – pero qué lugar más desagradable – añade observando su entorno.

Charlotte guarda silencio, no por no querer responderle, más bien era que le estaba costando enfocar sus pensamientos, su cabeza comenzaba a darle vueltas y le era difícil concentrarse. Aquel aroma a incienso la comenzaba a marear. Pero un pequeño golpe en su cabeza la saca de aquel transe.

– ¡Te estoy hablando, por un demonio! ¡No me ignores! – le gruñe su molesto compañero.

– Eso me dolió – se queja por lo bajo, había sido un golpe realmente duro – estaba distraída, lo siento, no te escuché.

– Sí, pude darme cuenta de eso ¿en que estabas pensando?

– No es nada, es mejor seguir.

– Como quieras, anda, yo te sigo.

A pesar de seguir en el mismo piso, la atmósfera se sentía completamente diferente pero era algo difícil de explicarlo, el contaste eco de sus pasos vacíos sobre la piedra, provocaba un incómodo escalofrío cuyo único propósito era restarle el valor a los que se aventuraran en aquel oscuro calabozo, donde la tenue luz de las antorchas mostraban un paisaje macabro más delante de siluetas danzantes. Elías las ignoraba, como un escéptico ignoraría la presencia de fantasmas o demonios, su andar era firme e imperturbable, cosa que contrarrestaba con la joven que iba más adelante, sus piernas cada vez se volvían más temblorosas e inestables, haciendo que la delgada muchacha se viera aún más frágil, como si en cualquier momento fuese a caer abatida, tratar de adivinar lo que le sucedía era un desafío, ya que no mencionaba ninguna palabra, no se quejaba ni mucho menos detenía su andar. Hasta que finalmente se encontraron con la primera puerta, una tal vez demasiado grande y de madera que parecía ser impenetrable. Charlotte ni siquiera hizo el intento de abrirla, ya sabía muy bien que aquello estaba fuera de sus capacidades, por lo que le dejo el trabajo a Elías, quien abrió la puerta con una sola mano.

Velas a medio usar, páginas de libros esparcidas por el suelo y una mesa bañada en sangre fue lo que se toparon en aquella habitación, donde el olor a carne descompuesta era nauseabundo, lo suficiente para que Elías pusiera cara de asco.  Las paredes tenían escritas extrañas letras que eran ilegibles, al igual que los dibujos que le acompañaban, lo único de lo que podían dar fe, eran de los círculos dibujados con sangre, sin duda alguna se trataban de pentagramas. Pero por muy bizarro que fuera aquella habitación, lo que más preocupaba eran el coro de voces que se oía a la distancia, y del cual no se podía descifrar lo que cantaban o de dónde provenía exactamente, y las dos puertas frente a ellos podía ser la respuesta a eso.

A pesar de asco, Charlotte se tomó un momento para mirar con cuidado la habitación, había demasiada sangre salpicada por todas partes, y no quería pensar cómo fue que termino así. Se cubrió la boca y la nariz con el cuello de su camisa y se acercó a la mesa. La sangre parecía demasiado viscosa y si no hubiese sido por el degradable olor, bien podría haber pasado por pintura roja.

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