Al cabo de un rato, mientras acaban de preparar a Amaia, me han puesto a Emma por primera vez en brazos. Reconozco que había dudado cuando la enfermera, después de limpiarla y envolverla, me la había tendido. ¿Tendrían fuerza mis brazos? ¿No me descontrolaría y le haría daño? ¿La dejaría caer?
Pero ella debía haber interpretado por mi cara que me moría de ganas, así que no me había dejado ni que me lo pensara. Sentir su peso por primera vez hace que empiece a llorar de nuevo. Y, cuando la miro, me parece la cosa más bonita del mundo... O, al menos, tan bonita como su madre. Dirijo mis ojos a Amaia, a la que también están preparando, y ella estira una mano para acariciar a Emma.
La vamos a malcriar mucho, Amaia. ¿Cómo vamos a ser capaces de soltarla siquiera un segundo?
Pero yo lo tenía claro.
-Espero que se te parezca en todo –le susurro, muy despacio, siendo consciente de las llaves que uso para pronunciar mi nueva letra.
Pero Amaia me lanza una mirada entre tierna y divertida, a pesar de que puedo ver lo agotada que está.
-Pues espero que no, cucu, porque entonces el que se va a volver loco vas a ser tú...
Nuestros ojos se funden en los del otro, llenos de amor, ese mismo que nos ha preparado para traer a nuestra hija al mundo. Pero entonces ella nos reclama con un pequeño sollozo, y empiezo a acunarla, mientras Amaia le acaricia la pequeña barbilla con un dedo. Las miro a las dos, consciente de la suerte tan grande que tengo. Me quedaría a vivir en esta imagen.
Pero, por suerte, lo mejor está siempre por llegar. Y este solo es el principio.
La vida corre, pero nadie te cuenta lo rápido que pasa una vez que llega tu primer hijo. Tener a alguien a quien dedicarle tus energías, tu tiempo, tu vida, tratando de darle siempre lo mejor de ti... Es una experiencia imposible de describir.
Las primeras semanas después de que llegue Emma nos dedicamos a adaptarnos a ella. Pero reconozco que no hemos podido tener más suerte, porque es una cuquita muy fácil.
Ya te lo decía yo, Amaix, un bebote como tú.
Así que nosotros también aprovechamos los ratos que Emma duerme para sentarnos al teclado, a hablarnos desde nuestro mundo. Y sé que eso también ayuda a Amaia, que pasa por algunos días de bajón en las primeras semanas después del parto, en los que se siente más melancólica de lo normal.
-Aprovecha para componer –le digo un día, abrazándola por detrás, mientras ambos estamos sentados al teclado.
Ella alarga un dedo hacia las teclas, tocando el nombre de nuestra hija lentamente, como con cansancio. Me separo un poco de ella y la miro, con el pelo en una cola alta despeinada y la bata gorda encima del pijama. Poco a poco, veo como asiente.
Y así encuentra su refugio en nuestro mundo, ese en el que ya no necesitamos vivir, pero que siempre estará ahí para cuando nos haga falta. A menudo me siento con Emma en brazos en el sillón que hemos colocado en nuestro pequeño estudio, mientras ambos vemos a Amaia componer. Y no uno, sino muchos días, Amaia ha tenido que despertarnos para que nos vayamos a la cama.
Mira a mamá, cuqui. Cuando crezcas, espero que seas una mujer tan maravillosa como ella.
Yo también sigo componiendo, pero no sé qué me pasa, que trato de pasar cada segundo que tengo libre en mi día con mi princesita.
-No me quiero pehdeh ni uno de sus pasos –le reconocí a José Luis un día, en la rehabilitación, cuando me había preguntado en qué proyectos me encontraba metido. La R fuerte aún me costaba, así como las otras dos estrellas que faltaban en nuestro teclado. Pero sigo trabajando incansable, porque ahora ya no tengo una luz que me guía. Ahora tengo dos. Y por ellas todo merece la pena.
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El camino a casa
Fanfiction"¿Te imaginas abrir los ojos y descubrir que ya nada es como antes, que estás perdido en tu propio cuerpo, que tienes que empezar de cero? Pero entonces encontré sus ojos frente a los míos, dispuestos a enseñarme... el camino a casa". En "Te presto...
