16. En mil pedazos

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No lo puedo soportar.

Lo siento, Amaia. Esto es demasiado para mí.

Y me descontrolo. Me dejo ir. El animal que llevaba tantos días tratando de controlar vuelve a salir ahora. Lo libero de las cadenas.

Pero es que el beso... El beso ha sido demasiado.

Sentir los labios de Amaia contra los míos es una de las sensaciones más indescriptibles de este mundo. Pero me devuelven a la realidad demasiado pronto: no soy capaz de corresponder. No soy capaz. Me tenso, y busco desenfrenado las puertas, todas y cada una de ellas. Pero no consigo encontrar la que me lleva a mis labios, para corresponder a los de Amaia. Y me siento, nunca mejor dicho, como un animal enjaulado. Un animal decide echar abajo la jaula y convertirse en bestia.

Porque eso, sumado a la angustia y al agotamiento, es más de lo que puedo soportar. El frágil equilibrio que había conseguido los días anteriores se destroza una vez más. Se parte en mil pedazos ante mis ojos y ante mi esfuerzo.

Y empiezo a moverme sin control, golpeando todo lo que encuentro a mi paso, incluida Amaia, a la que ni siquiera le he dado tiempo de reaccionar. Y me golpeo contra la silla, y me muevo con tanta fuerza que a veces siento que esta se tambalea.

Amaia lucha por contenerme los brazos, pero no consigue retenerme, y se lleva más golpes en el camino. Pero no soy capaz de controlarme. Ahora no. Ahora es demasiado tarde. Ni siquiera alcanzo a escuchar la vocecita de mi conciencia que me recuerda que le estoy haciendo daño a lo que más quiero.

Nada. Solo escucho los gruñidos del animal.

-¡Alfred! ¡Alfred!

Los gritos de Amaia me llegan amortiguados por mis propios sonidos.

Amaia no se da por vencida todavía y trata de cogerme la cara entre las manos, sin resultado.

Pero Amaia, ¿no me ves? ¡Apártate!

Porque aunque quiera parar, ya no soy capaz. Ahora solo puedo sacarlo todo, descargar toda la frustración, las humillaciones acumuladas en los últimos días.

Y se asusta. Se asusta de verdad. Por primera vez, veo un terror irracional en sus ojos.

-¡Alfredo! ¡Txus!

De nuevo, escucho sus gritos amortiguados, pero al poco veo a mis padres entrar en la habitación. Tratan de calmarme, pero no surte efecto. Entonces, por fin vislumbro la mirada que se dedican papá y mamá. Y, al poco, papá sale del cuarto para volver con algo entre las manos.

Es un calmante. Lo va a hacer. Me va a sedar. Va a sedar al animal.

Todos estábamos delante cuando el médico me lo recetó y vi la cara de Amaia, a pesar de las advertencias de que una crisis sería normal. Y me prometí que ella no las vería...

Tres días. Tres días he tardado en romper esa promesa. ¿Cuántas más voy a romper? ¿Cuánto tiempo más voy a seguir así?

Pero solo sé que sigo sin control.

-Amaia –la llama mamá. Se ha quedado estática desde que ha visto aparecer a mi padre.

Lo sé, Amaia, lo sé. Perdóname...

Sacude la cabeza y trata de mantener mis brazos quietos por detrás, mientras mi padre busca la cánula intravenosa permanente que llevo a la altura del pecho. Una de mis cadenas, que está ahí para humillarme, para recordarme constantemente mi dependencia del suero, del sedante, de los demás. Igual que la silla. Igual que el pañal.

Y las odio. Odio todas y cada una de esas cadenas con todo mi corazón.

Sigo revolviéndome y pataleando y lanzando golpes a diestro y siniestro. Pero mi padre tiene muy buen pulso y, aun con mis incesantes movimientos, consigue inyectármelo con la ayuda de Amaia, que intenta despejarle el camino tratando de contener mis brazos.

El camino a casaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora