XXV. Brisa en la cara.

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Caminar sin rumbo no parecía tan mala idea hasta que me di cuenta que estaba en un lugar que no conocía.

Me encontraba en una plaza. Eso podía decir. En una plaza repleta de árboles y flores. Un hermoso lugar para venir y pensar y que de seguro estaba lejos de donde yo tenía que estar dentro de una hora.
Mi tranquilidad fue aumentando y no estaba nervioso a pesar de estar solo, perdido, lejos de todo y en un lugar que claramente no había ido nunca.
La plaza tenía muchas cosas hermosas que ver. Como las flores, los niños corriendo, las personas cruzando de un lado a otro, los cómodos asientos que servían como una terapia gratis.
Yo me senté en el primer banco que encontré. En frente, habían unos juegos infantiles y niños jugando alrededor. Se veían muy felices.
Cualquier persona que me viera, pensaría que soy un loco por ver así a esos niños, pero se divertían tanto y eran tan felices que no podía dejar de mirarlos.
 
La sensación de angustia en el pecho seguía intacta. Mi corazón claramente latía despacio, yo me sentía en calma. 
Lo único que podía pensar era en desaparecer de todo. No ir al juicio, dejar que gane Trump, dejar la cuidad e irme lejos.
Incluso me sorprendía a mí mismo lo débil que era.
El mediodía traía consigo un calor agradable. A la sombra, el viento acariciaba con sutileza dándote a entender que estás vivo y que todo esto que pasa, es real.
Al menos mi expectativa fue esa.
Yo estaba en ese limbo.
Y aunque ahora estaba llorando, no lloraba por lo de mi padre. Lloraba para sacar toda esa angustia de adentro. Ese dolor, esa impotencia.
Porque hacía mucho tiempo ya me sentía así.

Y lloro por todo. Porque mamá me enseñó muchas veces que llorar no es malo. Te libera un poco. Y yo lloraba disimuladamente. Porque si bien yo era un chico lo suficientemente grande para andar solo, los pequeños me observaban al pasar. Y no quería que me vean llorando.

Me recosté en el banco. Miré hacia arriba mientras una lágrima hizo su recorrido. El cielo estaba totalmente despejado.
Habrán pasado unos 10 minutos que yo estaba mirando un punto fijo en el cielo.
Sé que esto es meditar. Antes de llegar apagué el celular porque sabía que me llamarían.
A veces es bueno alejarse de todo un poco.

Sé también que si llego a volver allá, todos van a regañarme. Lejos de importarme, seguí ahí, ahora mirando al suelo.
¿Qué debía hacer?
Suspiré. Una brisa fresca golpeó mi cara y yo cerré los ojos. Experimenté la tranquilidad por dos segundos.

Estaba a punto de levantarme y marcharme. Preguntar a la gente donde rayos estaba o como podía volver al juzgado. No obstante, fue el mismo segundo en que sentí una presencia cerca de mi. Con más exactitud, en el mismo banco en el que yo estaba sentado.


Mi corazón dió un vuelco. Sobre todo porque cuando lo miré, mi cabeza se llenó de dudas.
Un señor barbudo. Vestido normalmente. Probablemente no tenía más de 60 años.
Y su mirada estaba perdida.
Iba a levantarme. Quizás él no se dió cuenta que yo estaba ahí.

¿Como no se va a dar cuenta? por Dios Pete, no creo que esté tan mal de la vista para no verte

Pensé dos veces en levantarme. Y estaba por hacerlo, pero su voz ronca, cansada, me detuvo.

--¿Quien eres? --me preguntó.

Enseguida mi cabeza dió vueltas. ¿Qué debía responder a eso?

--Eh...

--¿Eres hombre o mujer?

Esa pregunta me causó un poco de revuelo. No estaba entendiendo mucho la situación e inclusive me estaba poniendo incómodo. ¿Qué quiso decirme? ¿Tanta cara de mujer tengo?

Seguí con la mente en blanco. No sé cómo reaccionar. Tengo que hablar, por favor Pete, di algo...

--Soy... Pete

Me había preguntado si era hombre o mujer. Literal. Esa fue su pregunta.
Y yo, claramente, respondí lo que se me pegó la gana. Claro, porque mi cerebro no le llega la suficiente información para entablar conversaciones casuales con extraños y sus preguntas extrañas.

Desde el primer día.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora