Imagen de Portada: el 26 junio de 1945, en San Francisco se firma, por 50 países, La Carta de las Naciones Unidas y el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia.
*
El sudor se formaba en sus rostros; sus gargantas estaban secas; sus respiraciones laboriosas; y sus músculos tensos por el miedo y ansiedad, vulnerables a ser domados por un shock nervioso.
Eiji y Shorter forzaron sus piernas a dar tres pasos hacia el frente, pisando el arroz que se había esparcido en el suelo. Sus ojos no podían enfocar correctamente, éstos se movían ansiosamente por el lugar, como si no lo conocieran.
El ambiente cálido y hogareño que había emanado dentro de la cabaña fue asolada en cuestión de segundos.
Las demandas de los kenpeitai eran gritadas a viva voz. Era increíble que aún se podía escuchar los lloriqueos de aquel niño aterrado en una esquina. El pequeño rodeó sus brazos alrededor de su pequeño cuerpo, creando una irrealidad de sentirse protegido por su propio calor corporal.
Alguien cerró la puerta con brusquedad, ocasionando que Shorter y Eiji sintieran escalofríos en sus espinas dorsales.
Una parte de ellos sabía que era el fin. La situación era más que obvia. Ya no había salida. No había cómo escapar.
Los descubrieron.
Eiji ya había escuchado las atrocidades del kenpeitai con anterioridad. Por provenir de una familia rica, no tuvo que lidiar con muchas dificultades de la plebe y sus adversidades.
Sin embargo, su apellido permanecía exánime y su existencia era una mera nimiedad.
— ¿Estos son los chinos que describiste, niño? — preguntó uno de los hombre que portaba la pistola con la bayoneta, con una voz pesada y ronca. El niño le respondió con un hipo.
De inmediato, Eiji frunció su ceño. ¿Por qué cuestionaba al niño? Tan rápido como se hizo esa pregunta en su mente, fue así también que obtuvo su respuesta.
Ellos no estaban seguros sobre la veracidad de las palabras del niño. Además, solo buscaban a chinos. Una parte de Eiji se sintió aliviada al creer que Ash y los demás estaban escondidos en alguna parte.
Eiji dirigió su mirada hacia Shorter disimuladamente. Podía escuchar el leve rechinido de los dientes de su amigo. Percibía el terror que habitaba sobre su cuerpo. El japonés cerró fuertemente sus ojos después de abrirlos con pesar. Había una diminuta posibilidad de salvarse. Haría lo posible para salvar a Shorter y al niño.
— Creo que esto es un malentendido. — Eiji moduló su voz, tratando de que no sonara agitada. — Soy japonés, junto con mi compañero, como todos los presentes.
Eiji sintió corazón explotar. Si podía demostrar quién fue él antes de la guerra, posiblemente no les harán daño, sin importarle que su apellido casi estaba extinto.
Todos los ojos estaban clavados sobre él. Esperaba que sus palabras no hubiesen sido impertinentes.
Eiji giró su cabeza y observó el rostro anonadado de Shorter. Por un breve momento, pudo conectarse con la mirada del chino hasta que Eiji sintió un dolor abrasador en su rostro.
— ¡La autoridad aún no te manda a hablar! — El militar que poseía el sable de caballería japonesa nuevamente, con el pomo de la katana, golpeó con más fuerza la cara de Eiji. Consecuentemente, la sangre de Eiji salpicó sobre el tatami y en las botas del kenpeitai. — Yo decido quién es japonés y quién no.
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Extranjeros
Historical FictionEl piloto aviador Aslan Jade Callenreese alias Ash Lynx tras un ataque sorpresa área y naval por parte de los japoneses en plena Segunda Guerra Mundial, naufragó y quedó varado en Izumo, Japón. Al ser rescatado por un extraño japones junto con su co...
