La canción de Maroon 5, "Girls Like You", retumba por toda mi habitación, obligándome a abrir los ojos de forma perezosa. Miro el reloj: las ocho de la mañana, el primer día de clases. Estirándome, alcanzo la botella de agua sobre la mesilla. Los nervios empiezan a recorrerme todo el cuerpo. Suspiro, intentando relajarme. Odio este sentimiento de ansiedad. Me recuerdo a mí misma, como he hecho un millón de veces antes, que todo va a cambiar. Que me voy a mostrar de una manera diferente, que voy a intentar encajar. Pero, ¿a quién estoy intentando engañar? Las cosas no cambiarán, ni ahora ni nunca. Soy así, siempre me he sentido diferente, cohibida ante la mirada de los demás. Nunca he sabido formar parte de un grupo. Por esa razón, nunca he hecho amigos, por lo menos no más de los que pueda contar con los dedos de una mano.
Cuando era más pequeña, solía ir al pueblo de mi abuela a pasar todos los veranos. Allí conocí a un grupo de niñas con las que jugaba todos los días, cada verano. Sin embargo, cuando entré en la adolescencia, las cosas cambiaron. Sentí cómo poco a poco las chicas comenzaban a darme de lado, me esquivaban e incluso me engañaban diciéndome el lugar de encuentro, y cuando llegaba, me pasaba horas y horas esperándolas hasta que decidía volver a casa. No entendía la razón de ese cambio, no sabía qué había hecho para ganarme la indiferencia de las demás. Bianca, la líder del grupo en aquel momento, era en quien más confiaba, el apoyo que nunca había tenido. Por ella sufrí mucho. Un verano la escuché criticarme con el resto de chicas; me llamaban friki, bicho raro... además de planear cosas horribles para hacerme. Ese fue mi último verano en la casa del pueblo; hasta ahí llegó mi amistad de la infancia.
A partir de ese momento, las cosas se torcieron. No conseguía encajar en ninguna de las clases en las que me ponían. Y cuando comencé la secundaria, las cosas se salieron de control. Sufrí bullying a causa de unas chicas que decidieron hacerme la vida imposible durante los dos primeros cursos. Cuando volví un día a casa llena de golpes y con un brazo roto, mi madre tomó la decisión de cambiarme de instituto. Las cosas en el nuevo colegio fueron mejores a pesar de no hacer apenas amigos, solamente una que hoy en día es mi mejor amiga. Terminé la secundaria y el bachillerato en silencio, sin nada que destacar. A pesar de no tener amigos, no sufrí ningún tipo de acoso, cosa que agradecí. Aprendí que lo mejor para que no te tratasen mal era pasar desapercibida, evitar llamar la atención.
No voy a mentir diciendo que no me hice ilusiones al entrar en la universidad. Como cualquier chica, creí en las típicas películas en las cuales se mostraba la universidad como un paraíso. Un lugar donde es fácil hacer amigos, encajar en algún tipo de fraternidad y vivir un romance apasionado. El golpe que me pegué al pisar la facultad fue enorme. La gente seguía siendo igual de capulla, las asignaturas una razón más para deprimirme y los chicos igual de cerdos que en el instituto. No noté la diferencia.
Ahora mismo me encuentro cursando el segundo año de la carrera de Estudios Ingleses en la Universidad Autónoma de Madrid. En realidad, vivo en Valencia, pero decidí trasladarme a Madrid en un intento de cambiar mi vida. Gracias a una beca completa, estoy alojada en la residencia. Sin embargo, el chollo no me dura para siempre y, debido a mis bajas notas, necesito ahorrar dinero para mudarme a un piso compartido el próximo curso. Mi hermano mayor y mi madre siguen en Valencia, algo que hace que los extrañe cada día, pero por lo menos tengo algo más de libertad. Durante el primer curso, las cosas no salieron como esperaba. Un grupo de chicas la tomó conmigo y, a pesar de no hacerme nada directamente, sufrí burlas por su parte, además de poner a toda la clase en mi contra. Este año solicité el cambio de grupo y me lo concedieron, así que una vez más me animo a cambiar y a decir que las cosas serán diferentes.
Mientras me lavo los dientes, me miro al espejo. Mi melena rubia está tremendamente despeinada y tengo los ojos llenos de legañas. Escupo la pasta de dientes en el lavabo y me aclaro bien la cara con abundante agua. Pestañeo ante el espejo; mis ojos verdes brillan más de lo habitual debido a la luz blanquecina del baño. Me cambio rápidamente; anoche decidí la ropa que llevaría el primer día de clase. Algo que no desentone pero que tampoco me haga ver invisible. La elección fue unos tejanos oscuros acompañados de unas botines verdes, una blusa blanca y una chaquetita del mismo color que los botines. Intento aplastar un poco el pelo para que no parezca que me haya electrocutado con la tostadora. Un simple cepillo no sirve; tengo demostrado que cepillarme el pelo lo hace ver peor. Para que os hagáis una idea, se me queda como si me lo hubiera lamido una vaca.
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MI SALVAVIDAS
Ficção AdolescenteAmaia siempre ha sido una chica tímida, cohibida y desplazada. Debido a su carácter ha tenido innumerables problemas a la hora de hacer amigos. Decepción tras decepción le ha hecho pensar que el problema lo tiene ella, y que su vida nunca cambiará...
