Anna, la mejor amiga de Thor, nacida en Asgard vive con la familia de Thor desde que sus padres murieron. Pasado un tiempo se enamora de la persona menos esperada y eso le cambia la vida por completo.
Volvimos a la torre de los Vengadores, todos estaban ahí trabajando y yo no sabía que hacer, perdí la mirada en una pared blanca y lo primero que se me vino a la cabeza fue la imagen de Loki leyendo un libro.
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me recordaba a aquellos tiempos en los que éramos solo amigos y no sabíamos lo que uno sentía por el otro. De repente un trueno cayó en la sala e invadió ese precioso recuerdo, era Thor.
-¡Anna!- dijo el y se acercó corriendo a abrazarme.
-¿qué haces? ¿te crees que después de todo el sufrimiento que me has causado puedes venir como si nada y abrazarme?- grité enfadada y la gente empezó a salir de la habitación.
-Anna lo hice por tu bien- me respondió.
-¿Por mi bien? Separarme de la persona a la que más he amado en la vida no es hacer el bien, Thor- volví a gritarle, pero esta vez la sala estaba vacía solo estábamos él y yo.
-Anna, quieren matarlo porque creen que se casó contigo para heredar el trono.
-No ¡no puedes dejar que lo hagan!- dije y empecé a llorar- ¿tu les crees?- le pregunté.
-En verdad... no, pero creo que mi opinión no es válida.
-Pero la mía sí, llévame contigo y haré justicia por él- dije y asintió.
-Si eso es lo que quieres...
Thor me agarró y los dos desaparecimos por la fuerza de un rayo. Me sentía tan feliz de poder verlo... Aparecimos el el palacio, entramos en una sala y desde ahí pude ver algo que cambió mis sentimientos, Loki estaba sufriendo y yo no podía hacer nada.
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La habitación en la que pasaba todo el tiempo estaba destrozada, seguramente por el y yo lo único que sentí al verlo fueron ganas de besarlo. Empecé a dar golpes en el cristal para que me viese pero no se movió.
-No puede ni vernos ni oirnos- me dijo Thor.
-entonces déjame entrar.
-No puedes, sus sentimientos se están desmoronando, mira lo que ha echo con su habitación, esta loco- dijo y abrí la puerta que supuse que era para entrar.
Cuando me vio entrar por la puerta, su rostro cambió de triste a una felicidad enorme. Se levantó de inmediato, se acercó, me cogió la cara con las manos y depositó un fuerte beso en mis labios. Por fin estábamos juntos y ya no dejaría que nos separaran, nunca.