Justo antes de enviar un mensaje, quizá erróneo, algo hiriente a la persona que está a mi lado, y que a pesar de muchas cosas me ha brindado de forma fiel y honesta su compañía, un recuerdo se abalanzó en el pensamiento, realmente fue involuntaria su llegada, pero hizo que cambiara todo el sentido del mensaje.
La tecla de la flecha izquierda de mi computador, llegó un punto en que se desprendió, dejando su espacio, con algo de polvo, aún la trato de colocar según la estructura que tiene debajo, trato de encajarla, pero no he podido. Mientras pensaba en qué forma sería la ideal, recordé aquella tarde de septiembre del año 2017, habíamos salido a caminar, él y yo... dudo que lo recuerde.
Era esa época del año en que todos por alguna extraña razón estamos nauseabundos, muertos del frío y con una nostalgia terriblemente grande, por una cantidad de luchas internas y de tragedias que al parecer en esas fechas sentimos su verdadero peso.
Hacía bastante frío no lo voy a negar, sin embargo el vivir en Bogotá, es una eterna exposición a todas las estaciones, con una frecuencia anormal; diaria. Entonces se puede decir que ya estamos acostumbrados, pasó a verme a la hora acordada, quizá unos minutos después, tras nuestra mirada había un sin fin de emociones, que aún en literatura no han sido narrados.
Cada paso era exacto y compatible, el uno con el otro, cada sonrisa accidental se convertía en carcajada, sin importar como nos vestíamos llegábamos a combinar, siempre era una novedad cada gesto.
Salimos a caminar, a re descubrir las calles que me llevaban a mi colegio, aquel pútrido lugar, el cual no hubiese vuelto a pisar de no ser por él. Nunca tuve ni las ganas ni la valentía de hacerlo, cualquier pensamiento o frase que me llevara a el, lo desviaba inmediatamente, lo sé, era algo cobarde de mi parte.
Pero no alcanzan a imaginar el contraste que él trajo a mi vida, por el simple hecho de querer llevarme a ese lugar, no por torturarme sino por enseñarme cuanto le importaba cada detalle que sabía de mi vida, y la relevancia que tenía ese miedo tan inmenso para él.
Hay muchos detalles que reservaré en mi memoria, pero luego de estar conversando y caminando junto a él, toda una mañana y buena parte de la tarde, descubrí que a su lado, los miedos se hacían pequeños.
Luego de tantas cosas bonitas, de esa inexplicable sensación que es caminar de su mano, compró un postre para mí, de un sabor, que sabía que me encantaría, llegó a mi casa, y lo que resta de tarde, se dedico a ayudar a mi hermano a armar los circuitos de un teclado,recuerdo que no hubo fecha más bella, día más azul, y miedo más pequeño.
