Una tarde soleada, o una noche fría, resultan siendo sinónimos en tu compañía, porque aún el sudor frío recorre mi piel, cuando en un intento equidistante por sostenerte la mirada, me quedo perdida en una isla, que antes al estar desierta, podía soñar en guardarme tu compañía.
Perpleja, anónima, escupo versos en medio de papeles arrugados que lanzo al desorden de tu habitación, porque no he podido musitar tantas y tantas frases, que...
Me ahogo, en medio de risas, de miradas dulces, me ahogo, y estoy resuelta a callarme esta inseguridad que nuevo aparece, porque la mañana en algún momento se hizo tarde, se oscurece el cielo, y aún no he dicho nada...
Quizás no notas, que en medio de mis carcajadas hay palabras que sueñan con pasar la frontera de mis labios, pero ¡vaya sorpresa!
Tus oídos están ocultos, mi respiración se agita y en medio de tus besos, mis versos se diluyen...
Apretada entre mi pecho, queda una epístola que nunca te entregué, porque a pesar de tantas cosas me siento insuficiente, en el instante que organizo mis sentires, en aquella biblioteca, los enumero, y de vez en cuando limpio el polvo que los protege de que alguna vez vean la luz.
En las noches frías cuando tu ausencia me sacude el alma, pienso en dejarte de extrañar, o en que quizá el guardarme tantas frases me hace la vida un poco más pesada, más compleja, y mucho más lenta.
