Capítulo 2

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Hola! Lo subo rápido y corro a escribir invierno ya que me fue my bien en mi examen y estoy con ganas de desquitarme escribiendo.

Dedicado a mi niña Cris y a mi niña Lucía porque quiero que sean novias.

Disfrutad:

II

No podía estar pasando, no podía ser cierto. Sus manos empezaron a temblar mientras aquel militar la sujetaba para que no se desplomase y los nervios cargados de angustia se deslizaron por su espalda con un ligero escalofrío.

Sus ojos se encharcaron en lágrimas, mientras intentaba recordar cómo se respiraba y su mirada, cargada del pánico más absoluto, se clavaba en el rostro pálido de aquel soldado, el mismo que la miraba confuso y ausente, con la situación peligrosamente fuera de control.

–General... –Dijo al final, con la voz temblorosa y arrastrando a Inés hacia el centro del hemiciclo. –Tenemos un problema.

–¿Qué ocurre soldado? –Preguntó, con la dureza y la frialdad más absoluta marcando sus palabras y mirando a la jerezana al tiempo que dibujaba una mueca de asco entre sus labios. –Siga las órdenes y no tendremos ningún tipo de problema.

–Pero señor... –Continuó aquel joven, aun firmemente aferrado a Inés y dibujando la alarma en su mirada. –Esta mujer se ha puesto de parto, esto no estaba contemplado en las órdenes recibidas.

El General, posó su mirada durante unos segundos de más en Inés, en su rostro asustado, su mirada cargada de lágrimas y su mano sobre su vientre donde, poco a poco, la jerezana empezaba a tener contracciones que indicaban que su hijo luchaba por venir al mundo.

Colgando la metralleta que llevaba en las manos a su hombro, dibujó una sonrisa afilada mientras su mirada se cubría de desprecio, sujetando de pronto a Inés y apartándola de aquel soldado que parecía hablar abogando por ella. La fuerza de su agarre lanzó una oleada de dolor agudo por su sistema nervioso, provocándole un pequeño quejido.

–Sé bien quién eres zorrita. –Le escupió con sorna sus palabras, provocando que esta temblase levemente entre sus manos. –No te llaman monta pollos por nada, si te crees que me creo tu cuentecito de parturienta estás equivocada, no vas a salir de aquí y si me tocas mucho las pelotas te aseguro que ni tu ni tu hijito llegaréis a mañana ¿Quedó claro?

Soltándola con un empujón, Inés chocó con fuerza contra el soldado que había intentado hablar por ella, notando como este la sujetaba para que diese de bruces contra el suelo mientras el general sujetaba su arma una vez más y ladraba órdenes al resto de sus hombres, la primera de ellas fue que separasen en dos grupos a los diputados para tenerlos vigilados, poniendo a todas las mujeres a un lado y los hombres a otro.

Aterrada, luchando por contener las lágrimas ya que la amenaza del general contra la vida de su pequeña había calado con fuerza en sus entrañas, observó como, entre gritos y a punta de metralleta, iban formando dos grandes grupos tal y como este les había mandado. Su mirada asustada se cruzó, una milésima de segundo, con el rostro imperturbable y desafiante de Montero, obedeciendo sin dejar de escupir odio desde sus pupilas castañas, interponiéndose en más de una ocasión entre los soldados y sus compañeras, usando su cuerpo como escudo para que no sufrieran agresión alguna. Al verla, tan osada, valiente y dispuesta a pelear, deseó en su fuero interno parecerse un poquito más ella puesto que, con cada pequeña contracción se encogía y el terror la dominaba sin ser capaz de pensar y mantener la mente fría, demasiado preocupada por su hijo en aquellos instantes.

De pronto, el General volvió a poner su atención sobre ella, extrañado ya que no estaba tomando su lugar en el grupo que le había asignado, aun refugiada por aquel soldado que no tenía muy claro si creer o no su versión de un parto prematuro. A grandes zancadas y perdiendo la paciencia, se acercó a Inés una vez más agarrando con violencia su brazo y tirando de ella, provocándole un pequeño grito de dolor y miedo que no pudo retener entre sus labios.

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