Capítulo 21

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- Val, ¿has sabido algo de Wade?

- No, jefe. - responde Val tomando asiento. - Ni se ha reportado. De hecho, el jefe supremo se está planteando despedirlo.

Tengo que encontrar a Wade como sea. Obligarle a que se haga cargo del estado mental de su mujer, y de ese bebé que nacerá en un par de meses. Porque yo me niego a creer que sea mío. Es imposible. Mucho menos, correré el riesgo de volver a perder a mi familia. Porque cuando Anaïs me hizo saber que había decidido dejarme, sentí tal punzada en mi pecho que me dí cuenta que no resistiría a esta vida sin ella. Porque sólo hay una mujer por la que mi corazón late, y esa es Anaïs.

Mi señora Coleman.

- Sigue sin contestar a mis llamadas. - le comento a Val. - Tiene el teléfono apagado.

- ¿Y esa arpía?

- Jada no se encuentra muy bien. - informo sin mayor detalle. - Ya se lo he comunicado al jefe. Y te lo digo desde ahora, no te metas. Es un asunto complicado.

- Jefe, ese día me pidió la dirección de esos dos en plena madrugada y no pregunté. - alega pensativa. - Pero la curiosidad es la curiosidad. Quiero saberlo todo. Con pelos y señales.

- No, no. La que me va a comentar que pasó eres tú. - le hago saber. Val me mira un tanto confusa. - Quiero que me digas lo que sabes. Qué ocurrió entre Jada y yo.

- ¿Y a mí me lo pregunta?

Pero Val abre la caja de cigarrillos, toma uno y lo enciende sin importarle que el edificio entero es un espacio libre de humos.

- Bueno, yo nunca los vi besándose. - comenta en su intento de recordar lo ocurrido. - Ni sé de nadie que lo hiciera. Pero había cierto aire entre ustedes dos que no me gustaba nada. No por mí, sino porque conozco a la jefa, y la respeto mucho.

Cuando habla de jefa se refiere a Anaïs.

- Y yo soy un capullo que no se la merece, lo sé. - respondo molesto conmigo mismo. - No voy a perder a mi morena, Val. Voy a aclarar todo esto así tenga que buscar a Wade por todo el país.

- Yo le dije que se alejara de ese par, y no me hizo caso... - repite sabiendo lo que me molesta que me eche la bronca. - Pero usted parecía divertirse. Como si fuera un niño con juguete nuevo.

- Val. - digo tomando sus manos. - ¿En qué he cambiado?

Val libera sus manos de las mías para recuperar de vuelta su cigarrillo, y seguir fumando con toda la pasividad del mundo.

- Bueno, antes era más....cerrado. Esa es la palabra. - responde. - Retraído. Creí que era un amargado cuando lo conocí, pero me di cuenta que estaba equivocada. Usted era triste.

- ¿Triste?

- Exacto. - afirma. - Incluso con ese par, aunque riera, seguía siendo un hombre triste. Sólo cuando Anaïs y su pequeño venían a visitarlo, esa tristeza en sus ojos se desvanecía durante un rato. Por eso, me molestó tanto que estuviera en jueguecitos con esa mujer. - vuelve a reprocharme. - Se le ve tan desequilibrada, y usted no necesita gente así a su alrededor. Pero, de alguna manera, también comprendo que buscara esconder su tristeza tras ellos.

- ¿Cuánto te debo? - pregunto sacando mi billetera. - Por el examen psicológico y tal.

- Si no quiere saber, no pregunte. - se defiende poniéndose en pie. - Esa es mi opinión. Puede hacer con ella lo que le plazca.

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