Vivir una vez más

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Sus largas pestañas oscilaron levemente intentando abrir pesadamente los ojos. Notó algo extraño, alrededor de sus labios un objeto traslúcido la ayudaba a respirar. Empañándose con cada exhalación de aire, con cada gentil suspiro.

Intentó moverse en vano, sentía su cuerpo completamente adormecido. En algunas partes podía sentir firmes vendas envolverla. De su muñeca derecha salía un pequeño tubo, conectado por una aguja debajo de su piel, por el que fluía suero a todo su cuerpo. Y podía, eventualmente, percibir un dolor en el pecho.

Miró a su alrededor, con los ojos cansinos, intentando descifrar donde se encontraba. Tratando de recordar que era lo que había sucedido con ella, pero no podía. Sentía la mente ligera, como si estuviera flotando. Y quizá fuera por la medicación o el simple agotamiento pero el sueño se cernía una vez más sobre ella. E Ino no tenía las fuerzas suficientes como para luchar por mantenerse despierta, tampoco tenía deseos de hacerlo. Simplemente quería dormir.

Y así otras tres horas pasaron, hasta que una vez más abrió los ojos, esta vez más despabilada. Y escudriño cuidadosamente con su mirada opalina cada rincón del lugar en el que se encontraba. Paredes blancas, al igual que las sábanas que cubrían su cuerpo. Una cortina rodeando su cama y, junto a ella, un gran ventanal cristalino. A través del cual se podían observar los techos de las casas y a lo lejos, el rostro de los que una vez habían sido Hokages de su aldea. Entonces recordó, estaba en casa.

Pero ¿Qué había sucedido con la misión en la aldea de las nubes? ¿Qué había pasado con Anko, Naruto y Kiba? ¿Cómo había llegado allí? Lo último que recordaba era haber sido apuñalada, justo en el corazón, por aquel ninja furtivo.

—Mi corazón… —suspiró, al recordar lo acontecido. Inconscientemente llevando sus dedos, por debajo de la bata, hasta donde el kunai la había atravesado. Notando una leve cicatriz, justo sobre su pecho izquierdo. En ese instante la puerta se abrió, dejando ver a una voluptuosa mujer de cabello rubio y ojos ambarinos.

—Está bien, sólo te quedará esa pequeña cicatriz —sonrió—, lo siento, no pude borrar toda huella de lo ocurrido. Aunque es bueno verte despierta —Ino simplemente la contempló con la mirada en blanco. Lo cierto era que se sentía algo perdida, tal vez aún fueran los efectos de los medicamentos.

Entonces la Hokage se acercó lentamente a ella y contemplando el estado de la muchacha, y tras haber leído los informes de la enfermera, le quitó el respirador de la boca. Aún sonriendo.

—Ya no necesitarás esto —la examinó con la mirada— ¿Cómo te sientes?

—Supongo que… —murmuró, desviando la mirada hasta el gran ventanal junto a su cama. Contemplando el apacible paisaje que esta le mostraba. Admirando el inmenso azul firmamento, no sabía porque pero parecía una eternidad desde la última vez que lo había visto. Al igual que los dorados rayos de sol, que se filtraban por el límpido cristal dando calidez a la habitación. Hacía tanto que había apreciado aquel calor. Recordó entonces cuando estaba muriendo, la desolación que había sentido. El frío y la oscuridad. Suspiró, comprendiendo finalmente lo que todo aquello significaba ¡Estaba viva! No supo como, ni porque. Pero estaba allí, en el que siempre había sido su hogar. Y no pudo evitar sonreír, respondiendo después de un breve silencio a la Hokage— supongo que estoy bien.

—Me alegro —replicó con una sonrisa— porque hay gente fuera que quiere verte.

En ese momento la puerta se abrió e inmediatamente sus padres entraron y corrieron junto a su hija, su madre llorando todo el trayecto feliz de ver a Ino viva.

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