Víspera de festividad

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Se levantó cuidadosamente de la cama, aún con somnolencia. Bostezó, larga y tendidamente mientras se disponía a buscar sus ropas para vestirse. Entonces el timbre sonó, nadie respondió, y una vez más el timbre sonó. Ya fastidiada por la insistencia de quien se encontraba en la puerta Ino se acercó a su ventana, la cual daba justo debajo de la entrada de su casa. Y comprobó de quien se trataba, Sakura.

—¡¿Qué quieres frente de marquesina?! —chilló, molesta. Aún con el cabello enmarañado, debía estar hecha un desastre. Pensó mientras contemplaba a su amiga levantar la cabeza para verla.

—¡Oye cerda! —replicó la joven chica, haciendo enfadar a la rubia. Sin embargo Ino no respondió al insulto, simplemente se quedó absorta en sus pensamientos—. ¿Ino?

La joven sacudió su cabeza dos veces y se volvió a su amiga, intentando reprimir cualquier pensamiento que pudiera guiarla hacia él.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —bufó molesta, cruzándose de brazos. La pelirrosa sonrió.

—¿No sabes que día es mañana? —la rubia aún demasiado soñolienta como para intentar recordarlo se encogió de hombros.

—¡10 de Octubre! —gritó desde abajo Sakura, su voz incrédula. En ese instante las facciones de Ino se iluminaron.

—¡Tienes razón! —chilló, emocionada. Recordando que al día siguiente sería su celebración favorita del año.

Hacía ya 18 años desde aquel día, aquel funesto día. Ella aún era un bebé cuando aquello sucedió, sin embargo pudo oír a lo largo de su vida cientos de historias referidas al suceso. Sobre la valentía de quienes lucharon... y murieron por la aldea. Sobre quienes murieron, por cuidar su hogar y sus seres queridos de aquel demoníaco zorro de nueve colas. Muchas de aquellas historias solían llenarla de nostalgia. Al igual que a los demás residentes de Konoha.

Por lo que se había decidido que cada año se haría una celebración, una conmemoración a todos los valientes caídos en aquella lucha. Un día sin misiones, con el único fin de recordar a aquellos shinobi y reforzar lazos entre los demás habitantes de la aldea.

Por lo general se solía acudir por la mañana a la roca memorial, en honor a aquellos amigos, hermanos, padres, hijos, abuelos, amores perdidos aquel día. Durante la tarde la gente se congregaba en el parque de la aldea, donde todos disfrutaban del día al aire libre pasando el tiempo con aquellos que eran importantes en su vida. Intercambiando pequeños ponqués, hechos por cada familia o persona, como regalo en demostración de afecto. Y una tradición más surgió con el paso del tiempo, aunque se ignoró el origen de ella. La tradición de hacer un pequeño ponqué diferenciado a los demás, individual, para entregárselo a aquella persona especial en la vida de cada uno. Podía ser cualquiera, un amigo, algún familiar pero más habitualmente era entregado a aquel que se amaba.

—Por eso estoy aquí cerda —explicó Sakura, agitando los brazos desde la entrada de la casa de los Yamanaka—, pensaba que quizá podíamos juntarnos a cocinar ¿Qué te parece? Hinata y Tenten están de acuerdo. Podríamos hacerlos en mi casa.

En los labios de la rubia se dibujó una sutil sonrisa y asintió inmediatamente, contemplando a la pelirrosa con nostalgia. A pesar de todo lo sucedido entre ellas siempre terminaban volviendo la una a la otra. A pesar de los años y las circunstancias, siempre permanecían juntas de alguna manera. Además, aquel día se suponía que era justamente para eso, para disfrutar la compañía de sus seres queridos.

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