Prólogo

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Para muchos, muy probablemente un momento de silencio pasaba completamente desapercibido, hasta incluso venerado. Pero no era así para Mary Tomlinson, madre de dos hijos pequeños, uno de ellos hiperactivo diagnosticado. Era extraña la vez en que se apreciaba la tranquilidad en la casa. Por pura experiencia, sabía que con el simple hecho de poder tener un momento de silencio debía de preocuparse.

Aquellos escasos momentos podrían significar un sueño profundo en los dos querubines. Eso implicaría que ambos hayan conciliado el sueño al mismo tiempo, sin haber jugado. Para algunas madres podría valorarse como una opción, pero ese no era su caso si tomaba como referencia a su hijo que, con tan sólo cinco años, ya poseía de insomnio producto de su transtorno. El niño no podía dormir sin antes gastar al cien por ciento de su energía, y aún así tenía problemas para conciliar el sueño. No acostumbraba a ir a la cama antes de las doce.

La otra opción en su mente era la de algún mal suceso. Algo lo suficientemente preocupante como para merecer la paz producto de la complicidad de los niños.

Rezaba que fuera la primera opción.

No deseaba ser negativa, realmente no acostumbraba a serlo, por lo que decidió tomarse la situación con calma. Subió las escaleras lentamente, tratando de percibir algún sonido, por más leve que fuese, que le indicara que Lottie y Louis se encontraban bien. Para su mala suerte, los únicos sonidos que habían en la casa eran sus pasos. El destino definitivamente no quería colaborar con su intranquilidad.

A pesar de querer mantenerse optimista, la calma le hacia un vacío en el pecho. Podría obligarse a disfrutar aquella situación intranquilamente anormal, cerrar los ojos y sentir la paz antes de la medianoche, pero su instinto de madre no colaboraba cuando le gritaba desesperadamente que corriera, que se adentrara en la oscuridad de las habitaciones y que garantice la seguridad de sus hijos.

Una vez estando en el segundo piso, deslizó sus piernas tratando de hacer un poco de ruido para acompañar la soledad de la casa, acercándose a la puerta de Lottie, que era la que estaba más cerca. Tomó la perilla y la giró hacia el costado para darse paso hacia la habitación rosa. Un suspiro salió de sus labios al notar el cuerpecito de su hija descansando plácidamente en la mullida superficie. Se acercó un poco más para escuchar la respiración de la niña, indicando que estaba en total tranquilidad. Su propia respiración se calmó al escuchar a Lottie descansando en calma. Entonces, se dijo a sí misma que seguro estaba exagerando la situación. Tal vez eran tan pocos los momentos de silencio que tenía, que simplemente se asustó al no tener el ruido habitual. No había nada de que preocuparse.

Estaba por volver a bajar las escaleras, cuando se retractó y decidió echarle un vistazo a Louis, para terminar de confirmar que todo estaba en orden. Desvió su dirección hacia la puerta azul que estaba al final del pasillo, decorada con unos infantiles dibujos de estrellas, cohetes y el niño en la luna. Allí estaban devuelta los nervios, volviendo a atormentar su cuerpo con cada paso que daba. Aquellas sensaciones trataban de ser acalladas con el pensamiento de que el pequeño había gastado sus energías por la mañana, y por obra de Dios, por primera vez en tres años, se había dormido temprano.

Sin embargo su interior le gritaba que no era así, se trataba de la paz antes de la tormenta.

La distancia entre la habitación de Lottie y de Louis no era realmente mucha, sin embargo cuando uno se encuentra nervioso todo parece ir más lento. Ella no era la excepción, por más que trataba de apurar su paso, parecía que el pasillo se hacía más y más largo, logrando que pareciera una eternidad el llegar a su destino.

Desde el preciso momento en el que se encontró frente a la puerta, sintió que algo andaba mal. No pregunten como lo supo, nunca vamos a comprender como hacen esas cosas las madres.

Sintió una adrenalina correr por su cuerpo al abrir la puerta y ver la cama de su pequeño vacía. Comenzó a entrar en pánico, no podía comprender como había desaparecido así de la nada. Su corazón comenzó a bombear con desespero en un intento de ayudarla a correr, moverse rápidamente con la pequeña esperanza de que esté oculto en algún rincón con su pijama de autitos, jugando a las escondidas. Deseó oír en algún momento la traviesa sonrisa del niño, aquel sonido placentero que le dé respuesta a su enigma.

Puso la habitación patas para arriba y aún así no hubo rastro de su presencia.

Sus piernas comenzaron a temblar, y su cuerpo entero tambaleó en busca de ayuda. No podía estar ocurriendo, debía de ser una pesadilla. Salió corriendo escaleras abajo en busca del teléfono intentando no caer en el intento, llamó a la policía lo más rápido que pudo. No tardaron en tomarle la denuncia.

Louis Tomlinson estaba desaparecido.

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