Evy vive rodeada de personas pero está sola, su burbuja está llena de metas auto impuestas que podrían terminar con sus pruebas teóricas en un chasquido. Entre días de copas en el bar donde trabaja y textos complejos, Evy conoce al misterio en perso...
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Verena
El suelo fue lo primero que vio. Cayó con tanta fuerza que aun le dolía las palmas de las manos y las rodillas. Si no fuera porque interpuso sus extremidades también le dolería la cara, pero por fortuna tuvo un poco de autocuidado. La primera vez que viajó al mundo Inverso su aterrizaje no había sido forzoso. Suponía que era por el hecho de que Naheim había sido tan diligente como para tomar su mano y hacerla flotar por el aire. Algo que no ocurrió en ese instante.
Evy se levantó y notó el aroma en su habitación: humedad. La sensación de vacío. Como si se hubiera ido por tanto tiempo que, al volver, aquellas paredes olvidaron el confort que genera un humano. Estaba frío, olvidado, en la oscuridad total.
Tocó varios interruptores sin variar nada. Se alegraba que fuera de día y que la luz natural entrara por las ventanas. Podía ver las particulas de polvo en ella y el mismo polvillo sobre cada mueble de su apartamento. Caminó hacia la puerta de entrada donde un conglomerado de papeles salía de las aberturas que la puerta de metal permitía.
Todos tenían un sello similar: las deudas llegaron, y al no pagarlas se hicieron efectiva. Tomo otra de un tono marrón que al sacarla le generó frustración. Su arrendador le daba un plazo de salida del lugar.
Ni siquiera sabía qué día era como para sacar cuentas.
Abrió la puerta, buscaba salir de su propio hogar pero las cartas generaban una montaña incluso peor en el pasillo del edificio. Salió como pudo y alcanzó a cerrar detrás de sí. Una nota se pegó a su mano como un chicle masticado, lo que le generó asco. Miró lo que decía sin mucho ánimo, sin embargo se trataba de una nota de una compañera de clases.
«¿Dónde estás?» leyó «El señor Felish dice que nadie podrá tomar el examen de nuevo, lo siento».
Evy se agitó.
Salió del edificio con toda prisa. Incluso alguien que apenas subía le gritó un "ten cuidado" de forma agresiva, pero a ella no le interesaba. Se había perdido un examen muy importante. Uno de los más relevantes de la Universidad Omoplatense: el que le daría la llave a un título de maga. Había luchado contra viento y marea para poder realizarlo y cuando por fin tuvo la oportunidad se la habían arrebatado. No porque ellos fueran tan clasistas —que lo eran—, si no porque con tan solo un chasquido de dedos todo su universo cambió.
Buscó correr entre los callejones, sabía que entrar en algún transporte le pondría los pelos de punta. Entre la lentitud y la capacidad del mundo de poner obstáculos, prefería seguir a pie. Y así hizo, la universidad se vislumbraba magistral a unas cuantas cuadras lejos de ella quien corría sin parar entre hombres de trajes elegantes, dueños de tiendas que se interponían ignorantes en su camino, grupo de estudiantes que la veían como un ser salido de otro mundo y una voz menuda que susurró su nombre pero que se desvaneció en el aire.