Capítulo 5

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Las caras que me rodean son desconocidas, pero todos están observándome con intensidad. Algunos parecen esperar algo de mí, mientras otros se mantienen fríos y distantes. En el fondo, una mujer mayor se destaca, con una postura rígida y un aire de autoridad que acompaña su fina vestimenta. Su mirada me recorre de arriba abajo con tanta dureza que siento como me perfora. A medida que se abre paso entre la multitud, su mirada fija en mí no cede ni un milímetro.

—Ja, ¿tú eres Gina, cierto? —su voz es afilada, cargada de desdén.

—Sí, mi señora —respondo con calma, aunque una oleada de ira empieza a subir por mi pecho.

—Es obvio que eres tú —dice, haciendo una pausa y observándome con más desdén—. Te falta clase, modales y por supuesto, la etiqueta básica. ¿Qué haces llegando a estas horas, con esa vestimenta? Y ese bulto entre tus brazos, ¿qué es eso?

Su tono es despectivo, cortante, y noto cómo la indignación me quema por dentro. A pesar de mi esfuerzo por mantener la compostura, mi voz se escapa más firme de lo que había planeado.

—Solo tengo una pregunta, señora. ¿Quién es usted y qué hace en mi palacio sin mi permiso?

La mujer no parece sorprenderse por la rudeza de mis palabras. En su lugar, su rostro se suaviza en una sonrisa fría, burlona.

—Oh, lo siento, mi reina. O lo que sea que se supone es —su tono es venenoso—. Soy tu institutriz de etiqueta. Algo que claramente te falta.

El aire se vuelve espeso. Cada palabra suya me retuerce el estómago, y no puedo evitar que mi paciencia comience a agotarse.

—Escúcheme bien, señora —digo—. Está hablando con la reina. Así que le sugiero que guarde sus insinuaciones y se marche de inmediato.

Mi mirada es decidida, desafiante. La mujer se detiene un momento, pero no parece intimidada. Su sonrisa se amplía, pero lo que más me molesta es que se ríe como si fuera una niña que no sabe lo que está diciendo.

—Oh, claro, La reina, la que aún no sabe cómo comportarse como tal, quiere darme ordenes ahora —su tono es desafiante, burlón, humillante.

La rabia arde en mi interior, y, sin pensarlo, doy un paso adelante y la grito.

—¡SALGA DE MI PALACIO AHORA MISMO!

Un silencio denso cae sobre todos. Los presentes se quedan inmóviles, mirando, no se atreven a hacer nada más. 

Sin esperar a que alguno reaccione, me aparto de la multitud y me dirijo rápidamente hacia el estudio de Kahir. Cuando por fin llego, me desplomo en el sofá, cerrando los ojos para calmarme. Pero antes de que pueda respirar tranquila, la puerta se abre y alguien entra sin avisar.

—Gina.

Es Kahir, su voz me saca de mis pensamientos. Estoy tan cerca de gritar que ni siquiera me atrevo a mirarlo. Respiro profundamente y me recompongo.

—Bienvenido, ¿qué tal tu día?

—De maravilla. Pronto tendremos dátiles en los campos. ¿Y tú? ¿Qué tal con tu lección?

—¿Mi qué? ¿Te refieres al recibimiento más humillante que he recibido? —la frustración me sale sin querer, y mi voz se quiebra mientras recuerdo las palabras de esa mujer.

—¿Así de malo fue?

—¡Me dijo que no tenía clase! ¡Y me insinuó que no era de la realeza! —la rabia se intensifica, y mi tono se eleva—. ¿Eso es lo que todos piensan de mí?

Kahir permanece en silencio por un instante, observándome con una seriedad que nunca antes había visto en él.

—No, o al menos no la mayoría —responde finalmente, pero su tono es dubitativo.

—¿Qué se supone que debo hacer entonces? —mi voz se suaviza, pero la incertidumbre sigue ahí, apretándome el pecho.

—Primero, descansa. Y después, comienza las lecciones cuanto antes.

—No será posible. Eché a esa horrible mujer de aquí.

Kahir me mira, no puede o no quiere creer lo que acaba de escuchar, con los ojos tan abiertos, parece que me está juzgando.

—¿Sacaste a mi abuela de aquí?

Mis ojos se abren de par en par, y el choque me toma por sorpresa. La confusión se apodera de mí en un segundo.

—Yo... —digo, dándome cuenta de mi error—. No sabía que era tu abuela.

—¡Claro que no lo sabías! —su voz se vuelve tensa, aunque intenta mantener la calma—. Ella tiene sangre real, y mucha más experiencia que tú en estos asuntos.

—¿Quieres decir que mi problema es no tener sangre real?

—Bueno, tal vez... si, puede que tengan razón.

— ¿Que?

—Quizas los del consejo tengan razón, no venir de una familia noble te deja en desventaja.

—¿A veces eres tan...? —mi voz se corta por un momento, algo dentro de mí cruje, se resquebraja

—¿Cruel? ¿Vacío?

—¡Desalmado! ¡Eso eres! —la voz se me eleva de nuevo, la frustración marca cada palabra.

Mi corazón late con fuerza, la sensación de traición y de que mi valía está siendo cuestionada por mi propio esposo me consume. Intento no perder el control, pero la rabia sigue creciendo en mi interior.

—Si crees que soy un desalmado, ¿qué haces aquí? —sentencia Kahir, irritado.

Me quedo de pie, con la mirada jura esperando a que se retracte, pero no muestra arrepentimiento alguno.

—Nada. No tengo nada que hacer aquí. Descansa.

Salgo y me siento vacía, Todo lo que había creído sobre mí misma se estaba desmoronando en fragmentos. El dolor de la duda me aprieta el pecho y, finalmente, ya no puedo más. Llorando, me retiro a mi cama. Si me quedo despierta, sé que las dudas seguirán atormentándome, y el peso de todo esto será más de lo que puedo soportar. Ya he tenido suficiente.

 Ya he tenido suficiente

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Ahora Soy ReinaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora