Capítulo 04

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Los próximos días fueron… lo mismo de siempre. Mi vida no tiene mucha emoción ¿de acuerdo? A veces sueño con que tengo mi propia repostería, terminada luego de mucho, mucho esfuerzo, compromiso y paciencia.

Decorada en colores opacos y pasteles; entre amarillo y marrón, con lo colorido de los pastelillos, galletas, tartas y demás resaltando. Creo que he estado tan acostumbrada, (desde siempre) a esta vida, que la idea de querer otras cosas más allá de mi objetivo no me acompaña mucho. Bueno, no es que no me interesen exactamente, solo me da igual. Ir de fiestas, alcoholizarse (eso a veces se me antoja jaja), hacer cosas locas, vivir momentos eufóricos son deseos que cualquier chica de mi edad quisiera, pero yo solo me he concentrado en lo que amo hacer y lo que haré con eso; tal vez ya cuando tenga mi propio negocio y una vida más tranquila recurra a un poco de diversión. Existe otra cosa que de vez en cuando repercute en mis sueños pues es como un pequeño anhelo que tengo, pero ni siquiera le doy muchas vueltas.

También pienso en que podría tener amigos, pero no es una situación que me atormenta, creo que me adapto bien a la soledad y a una vida sin mucha emoción. Siempre lo he hecho.

— Oye —llama Tiffany y giro mi rostro hacia ella—, el señor Prior alías míster irritante para ti no ha regresado por su tarjeta, eso es raro ¿no? —indaga mientras frunce el ceño, extrañada.

Pienso por un momento.

— Sip —sello mis labios—, es extraño —arrugo mi entrecejo—, han pasado cuatro días y al parecer ha sobrevivido sin ella, eso es bueno; aunque probablemente ya ni le interese recuperar esta gracias a sus doscientas más —encojo mis hombros restando importancia.

Dicho eso, sigo limpiando el mostrador sin interés en seguir la conversación. Los días pasaron y el sujeto no dio ni un vistazo por aquí, eso causó en mi trabajo días iguales, sin imprevistos, sin más alteración de la normal. Perfecto al estilo: otra victoria de Elektra.

Pero ya saben, la vida a veces quiere asegurarse de muchas cosas contigo; de enseñarte, hacerte caer, levantarte y a mi como la desgraciada que soy… de fastidiarme. Así que, el próximo cliente que viene entrando por esa puerta ¿adivinen quién es?, no, no es el príncipe William de no sé cual historia.

Me limito a girar los ojos y seguir en lo mío, y sé que me notó.

— Hola preciosa —saluda el dichoso, con ese tono de calma, superioridad pero a la vez sexy y masculino.

Diablos, demasiados atributos solo para una voz.

Levanto la mirada sutilmente, regalándole una cálida y falsa sonrisa.
 
— Hola señor Prior, aquí tiene su tarjeta —extiendo mi mano hasta Tiffany para que me la pase sin apartar la mirada del chico. Luego de unos segundos la siento en mi palma y doy un ágil movimiento para colocarla entre mis dedos índice y mayor; seguido muevo mi brazo hasta que la tarjeta queda extendida hasta él. Mi expresión se torna seria—. Que tenga buen día, la puerta siempre está abierta —ladeo un poco la cabeza señalando la salida.

Terminada mi escena el alrededor queda en silencio y siento la mirada de Tiffany sobre mi; luego de unos segundos dice:

— ¡Mía! —exclama en un susurro.

— No, está bien lindura, déjala —dice el chico, algo serio, mientras gira su rostro hacia ella.

Noto como ella sonríe un poco, parecida a una tonta. Por Dios, alguien quíteme los ojos.

Luego vuelve a observarme, con una expresión neutra que no puedo identificar y toma sutilmente la tarjeta de mis dedos.

Relame sus labios antes de hablar.

— Por lo menos ya sabes mi nombre, es bueno que te informes —comenta mientras asiente—. ¿Se encuentra tú jefe? —pregunta de pronto.

Obvio, la pregunta me pegó una cachetada, pero no tan impactante como creen. Disimulé un poco mi asombro y asomé una pequeña sonrisa ladina, demostrando firmeza.

— No, señor Prior…

— Tiffany —la interrumpo sin despegar mi vista de quien tengo en frente y levantando el dedo índice hacia ella, indicándole que yo puedo manejar esto—. El está atrás, si quiere verlo salga y vaya al lado izquierdo, por el callejón; ahí está la puerta —le informo sin cuidado.

Miro de reojo a la chica quien me observa algo atónita y en su expresión solo se lee: ¡Me dará un infarto!; pero sé que es solo porque puede perjudicarle a ella también.

Yo no tengo problemas con enfrentarme a situaciones tensas con clientes, por más alto nivel, por más dinero, me importa una mierda. Tal vez me estoy pasando de la línea, pero el sujeto me cae mal con su aire de: “Soy un Dios, dobléguense ante mi”; por favor, solo apártenlo de mi vista… o quizás no pues la vista no está mal, solo déjenme con el físico y llévense esa fastidiosa personalidad.

Recibida mi información, se limita a asentir y empieza a caminar hacia la salida.

Resoplo un poco y bajo mi vista hacia las órdenes hasta que en un momento siento un empujón en mi hombro; me quejo girando mi vista a la izquierda.

— ¡¿Estás drogada!? —exclama en un susurro Tiffany.

— Estoy perfectamente perfecta —asiento con seguridad.

Talla una mano en su frente y empieza a negar.

— Olvídate de todo, para mañana estoy segura de que no te veré aquí  y sé que yo también tendré problemas por esto —declara algo irritada.

Pienso un poco. La idea me inquieta unos cinco gramos más o menos; tampoco quisiera ocasionarle algún problema a la chica. Pero en una escala del 100%, estoy 70% tranquila y el resto para la inquietud.

— Relájate, mañana seguirás viendo mi pequeño, sencillo y mal cuidado rostro aquí; te lo aseguro —informo con seguridad.

Aunque la verdad es que no estaba 100% segura.

Ella suspira un poco y se desliza hasta llegar a su lugar. Voy atendiendo las órdenes mientras espero mi destino aparentemente sellado por un idiota, ja, cosas que no se ven todos los días.

Luego de unos diez minutos la puerta del lugar se abre mientras yo estoy sirviendo en una mesa, levanto mi vista y veo al señor Marcus entrar justo después del chico.

— Mía, ven aquí —llama mi jefe con tono autoritario.

Algo dentro de mi se encogió un poco, pero como siempre, disimulé mi incomodidad. Me limité a tragar grueso y a apretar figuradamente estas pantaletas llevada por una chica con ovarios reforzados; veamos hasta donde llego.

Terminando en la mesa, coloco la bandeja bajo mi brazo y empiezo a caminar hacia los dos hombres. Mientras voy desvío mi vista un poco hasta Tiffany, quien me observa disimuladamente pero tensa. Trato de transmitirle un mensaje con mi calmada mirada: tranquilízate.

— Dígame señor —pido a mi jefe con la mirada en alto, sin siquiera intentar ver al sujeto a su lado.

— Solo procura dejar todo ordenado, le diré a Tiffany que atienda esas últimas órdenes —informa sin dar mucha importancia, pero con su aburrida expresión.

Mi ceño se frunce al no entender la situación.

— Am… ¿a que se…

— Descuide señor Marcus —me interrumpe el chico colocando una mano en el hombro de mi jefe; ahora giro mi rostro hacia él aunque no con mucho interés—, yo me encargo desde ahora —avisa observándome un poco serio, pero puedo percibir algo de diversión tras sus palabras.

De acuerdo, me quedé en el aire. Algo no muy común en mi cabe destacar.

Su Realidad Y La MíaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora