VI

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—¿Dos dioses han hablado contigo? —preguntó Quirón sorprendido.

Dante se dejó caer en una de las escaleras del anfiteatro y alzó la mirada hacia el cielo estrellado. Todo a su alrededor aun se movía un poco.

No me gusta esto de los teletransportes, pensó para si mismo.

—Sí... Y los dos me han dicho cosas completamente distintas.

Tras materializarse de la nada frente a la mirada de todos los campistas, ya no había manera de mantener en secreto su encuentro con la diosa del hogar. Que un olímpico se comunicara de forma tan directa con un semidiós era extremadamente raro. Pero que dos dioses distintos hubieran hablado con el mismo mestizo era algo nunca visto. Simplemente insólito.

—¿Por qué no habías dicho nada hasta ahora?

—Solo intentaba evitar que cundiera el pánico —se justificó Dante—. Las cosas ya están bastante tensas con todo el asunto de Percy; lo último que necesitamos es que el campamento crea que yo también voy directo hacia un desastre seguro.

Su maestro golpeó el suelo con sus cascos, nervioso.

—Entonces... ¿Qué vas a hacer chico?

Dante suspiró con pesadez.

—Me iré mañana a primera hora... Pero no iré solo. Tendré un único compañero —anunció. Se giró al resto de sus compañeros—. Será una misión peligrosa. ¿Algún voluntario?

Nadie levantó la mano. A Dante no le sorprendió en absoluto; aquella búsqueda brillaba por su peligrosidad y su altísimo nivel de incertidumbre. Para ser sinceros, ni siquiera él mismo tenía muy claro qué demonios iba a hacer.

—Entiendo que nadie quiera venir —comenzó a decir, resignado—. Sé que es una locura, pero...

—Yo iré —lo interrumpió Helena, alzando la mano con firmeza.

Dante se tensó de inmediato. La sangre le hirvió en las venas.

—No —soltó, tajante—. Baja la mano, Helena.

La chica no se inmutó. En lugar de obedecer, bajó de las gradas y dio un paso al frente, clavando sus ojos azules en él, desafiante.

—Has pedido un voluntario. Yo me ofrezco.

—He dicho que es una misión suicida —replicó Dante, alzando la voz mucho más de lo que pretendía—. No voy a llevarte para que te maten. Necesito...

—¿A quién? —le interrumpió ella, cruzándose de brazos—. ¿A alguien que te deje hacer el idiota tú solo? ¿A alguien a quien no le importes? Voy a ir, Dante. Te guste o no.

Dante apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Estaba dispuesto a seguir discutiendo, a arrastrarla de vuelta a la cabaña de Apolo si hacía falta, pero el golpe seco de una pezuña contra la piedra del anfiteatro los silenció a ambos.

—Suficiente —intervino Quirón, alzando su voz por encima de la tensión—. Helena, hija de Apolo, ha dado un paso al frente. Hestia te advirtió que no podías ir solo, Dante. Y un héroe no rechaza a un aliado valiente. La decisión está tomada.

Dante miró a su maestro sintiéndose casi traicionado, y luego fulminó con la mirada a Helena. Sabía que no podía discutir contra el centauro frente a todo el campamento. Soltó un gruñido ronco, girando sobre sus talones.

—Haz lo que quieras —masculló entre dientes, alejándose hacia las cabañas—. Pero prepara bien tus cosas. No pienso ir despacio para esperarte.

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ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora