XXI

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—¡¡Maldito y asqueroso mortal!! ¡¿Todavía sigues respirando?! —rugió Críos al ver cómo Dante se incorporaba desde el asiento de piedra del trono de la memoria.

—Por los dioses, qué jodidamente ruidoso eres... —murmuró el chico, abriendo los ojos con lentitud.

Frente a él, a unos trescientos metros de distancia, se erguía el coloso. Resultaba evidente que su periplo por el laberinto de los recuerdos había durado apenas un par de segundos en el mundo real, y el titán ni siquiera era consciente del abismo que acababa de cruzarse.

Dante se miró las manos y el torso. No había rasguños. No había sangre.

—El trono me ha curado... —se dijo a sí mismo, fascinado.

—¡Muere de una maldita vez! —bramó Críos, descargando su porra gigante directamente contra la estructura de piedra. Dante no se inmutó. Levantó una sola mano abierta y detuvo el impacto demoledor de la madera contra su palma en seco, casi sin despeinarse, provocando una onda de choque que hizo temblar la montaña.

—Ya te lo he dicho. Eres demasiado ruidoso —repitió Dante, alzando su mano libre. Por milímetros, Críos logró apartar la cabeza cuando las dagas de Cicno, envueltas en un aura oscura, volaron desde el túnel de la caverna anterior, cruzando el aire hasta posarse en las manos de su dueño—. La masacre del puente de Manhattan me pareció mucho más entretenida...

El titán retrocedió un paso, desconcertado por el cambio radical en la presencia del semidiós. Dante lo miró con gélida autoridad.

—¿Sabes una cosa, Críos? No eres el primer titán al que he derrotado. Atlas, Hiperión e incluso tu señor Cronos... Todos terminaron cayendo. Y tú vas a caer ahora mismo.

—¿De qué estupideces estás hablando, gusano? —escupió el titán, intentando no dejarse intimidar.

Dante esbozó una sonrisa desprovista de calor.

—No podrías entenderlo. Todavía no —le dijo—. En fin, acabemos con este trámite de una vez. Tengo cosas urgentes que hacer.

Dante saltó del trono y desató todo su poder. La fuerza divina de la guerra recorrió sus venas, estallando en una onda expansiva de poder carmesí que golpeó al titán como un muro de hormigón, obligándole a retroceder de la pura presión atmosférica.

—Esto no es posible. Es imposible. Un simple chiquillo mortal no puede abrumar al gran rey del sur... —balbuceó Críos, dando un paso atrás. El gigante sabía que las reglas acababan de cambiar. Quien tenía delante ya no era el chiquillo obstinado de hacía unos minutos; era un depredador alfa—. Tengo que... tengo que huir. Debo reagruparme.

Dante soltó una carcajada lúgubre al ver el más absoluto de los terrores grabado a fuego en el rostro estrellado de su enemigo.

—¿En serio crees que voy a permitir que huyas?

Antes de que Críos pudiera girarse, Dante desapareció de su vista. Se abalanzó contra él a una velocidad supersónica. El titán lanzó un zarpazo a la desesperada, pero el semidiós se convirtió en una trituradora de bronce: con un molinete cruzado de sus dagas, le hizo pedazos el brazo derecho, cercenando carne, hueso y luz estelar. Críos aulló, mutilado, e intentó arrastrarse hacia la salida de la cueva. Dante lo interceptó como un fantasma vengativo y, con dos tajos precisos, le segó los tendones de ambos pies. El inmenso coloso se desplomó contra el suelo de la caverna con un estruendo sordo.

Se arrastró penosamente hasta apoyar la espalda contra la roca, suplicando por su vida.

—¡No! ¡No quiero volver a pudrirme en el Tártaro, por favor! —le imploró al chico, bañado en su propio icor dorado.

ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora