—¿Dante... eres tú?
Aquella pregunta resonó en la mente de Dante como un eco lejano. El hijo de Ares observó al muchacho con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que todo a su alrededor se ralentizaba de golpe. Por pura inercia de supervivencia, su cuerpo se puso en alerta máxima al comprobar que un desconocido conocía su identidad.
—¿Nos conocemos? —preguntó con voz gélida y calmada, mientras sus manos volaban por instinto hacia su espalda en busca de las dagas, solo para recordar con una punzada de frustración que las había dejado en la habitación del motel.
—¿En serio no sabes quién soy? —preguntó el rubio, visiblemente desconcertado—. Perdona... supongo que me he equivocado de persona. Es solo que te pareces muchísimo a alguien a quien conocía... Pero es imposible. Dante murió.
El brillo eléctrico de los ojos azules del chico pareció apagarse por completo tras pronunciar esas dos palabras, dejando paso a una profunda sombra de dolor.
—Siento oír eso... —atinó a decir Dante, con un nudo formándosele en la garganta.
—No pasa nada... Es culpa mía, por ilusionarme creyendo que un muerto podía seguir caminando por ahí —respondió el rubio con un hilo de voz, visiblemente abatido.
En ese instante, el estridente pitido de la lavadora rompió el silencio sepulcral. El muchacho se sacudió el estupor, se levantó a toda prisa y empezó a recoger su ropa del tambor sin atreverse a levantar la vista.
—Siento haber montado este número tan incómodo —se disculpó a duras penas antes de dar media vuelta y huir de la lavandería con paso apresurado.
Dante vio cómo el chico se marchaba con una extraña sensación en el pecho, parecida a un fantasma de melancolía.
—Alguien que conocía... —murmuró para sí mismo. Esperó a que la lavadora terminara su ciclo, dándole vueltas a la bizarra situación y al peso inexplicable que se le había instalado en las costillas. Cuando la ropa estuvo lista, regresó en silencio a la habitación del motel y dejó el cesto sobre la mesa.
—Helena... —empezó.
La chica levantó la vista al instante, alertada por el tono quebrado del chico. Olvidándose por completo del libro y del enfado de la tarde, corrió hacia él.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—No lo sé... —respondió Dante, dejándose caer en el borde de la cama con la mirada vidriosa, fija en su propio reflejo en el espejo—. Me he cruzado con un chico...
Helena se sentó a su lado y le cogió las manos. Al notar que le temblaban de forma violenta, frunció el ceño con preocupación.
—¿Qué chico, Dante? —preguntó con extrema suavidad.
—No estoy del todo seguro... Pero me reconoció. Sabía mi nombre. Dijo que le recordaba a alguien que conoció hace tiempo, pero que esa persona... murió —tragó saliva con dificultad—. Y creo que yo le conocía de antes.
—¿Alguien de tu pasado? —aventuró ella con delicadeza.
—No lo sé... —repitió Dante, bajando la cabeza hacia el suelo. El temblor se había extendido desde sus manos hasta apoderarse de todo su cuerpo.
—Ey, mírame, tranquilo —lo animó Helena, rodeándolo con los brazos en un abrazo protector.
El hijo de Ares cerró los ojos, intentando obedecerla y desacelerar su respiración, pero fue imposible. Su corazón latía a doscientos por hora, retumbándole en los oídos como un tambor de guerra. Sentía que el pecho iba a reventarle y el aire se le negaba en los pulmones.
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ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSON
FanfictionDescubre quién eres... Cinco años... Cinco años en el Campamento Mestizo, donde Dante se convirtió en uno de los semidioses más respetados. Sin embargo, la aparición de un nuevo campista y el despertar de un mal ancestral pondrán aprueba sus capacid...
