XX

414 57 9
                                        

—¿Dónde estoy? —murmuró Dante.

Se encontraba en un espacio irreal, bañado en una blancura absoluta. No parecía haber paredes ni techo; solo un vacío puro y luminoso. No hizo ademán de levantarse. Simplemente se quedó sentado, con la mirada perdida en la inmensidad que se abría ante él.

—En tu objetivo —respondió la voz sedosa de Mnemósine a su lado. Dante no sabía de dónde había salido la titánide, pero tampoco le importó. Siguió mirando a la nada, apático—. Has llegado a mi trono. El trono de la memoria.

—¿Y de qué me sirve eso ahora? —preguntó Dante con la voz vacía—. Ya estoy muerto. He perdido la cuenta de los huesos que se me han hecho polvo, pero estoy seguro de que no voy a sobrevivir a esto...

—¿Te has rendido?

Aquella palabra tocó un nervio. Dante se dignó a girar la cabeza y miró a la mujer a los ojos. Mnemósine había encogido su inmenso tamaño hasta adoptar una estatura humana y estaba sentada pacíficamente a su lado.

—Ya he perdido... —reconoció él, dejando escapar un suspiro de puro agotamiento. Aunque en aquel espacio en blanco no sentía dolor y su cuerpo parecía intacto, sabía que la realidad física en la cueva era muy distinta. Podía ser una simple ilusión de su mente moribunda o el delirio previo al final—. Críos ha ganado...

—¿Alguna vez has visto los tronos de los olímpicos? —le preguntó Mnemósine, ignorando su derrotismo.

—¿Qué quieres de mí, Mnemósine? —Dante esbozó una sonrisa de resignación, que se borró al instante al toparse con la mirada solemne de la titánide—. Sí... He estado un par de veces en el Olimpo.

—¿Pero sabes cómo funcionan realmente? ¿Conoces su auténtico propósito?

—El trono es la representación física del poder del dios en cuestión. Sirven como anclajes de control y amplificadores de sus dominios. Si se destruye un trono, el dios pierde su anclaje y su poder se disipa... —Dante parpadeó, desconcertado por sus propias palabras—. Espera... ¿Cómo demonios sé yo eso?

—Parece que por fin empiezas a comprenderlo —sonrió la diosa—. Ahora mismo, muchacho, estás sentado sobre mi trono. Tienes acceso directo a mi poder. Y ya estás empezando a sentir sus efectos.

Dante se puso en pie de un salto, desorientado. El lienzo blanco que los rodeaba se resquebrajó y dio paso a un mundo nuevo. De repente, pisaba un inmenso campo de hierba verde por el que serpenteaba un río de aguas cristalinas. Una brisa fresca barrió el lugar, cargada con el olor a tierra mojada, mientras un sol cálido acariciaba su piel, creando una atmósfera de paraíso intocable.

—Entonces... ¿Qué puedo hacer? —preguntó Dante, caminando despacio hacia la orilla del río.

—Lo que tú desees —respondió Mnemósine—. Puedes empezar por entender quién eres y en quién te vas a convertir.

Todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será... —murmuró él, recordando vagamente retazos de viejas profecías.

—Adelante, Dante. No tengas miedo. Sumérgete y recuerda quién eres.

Impulsado por un anhelo que superaba la razón, Dante se dejó caer en las aguas. La corriente lo envolvió de inmediato, arrastrándolo hacia unas profundidades que no carecían de luz. En el lecho del río, encontró un inmenso espejo de marco antiguo. Al asomarse, su reflejo le devolvió una imagen espantosa: su rostro estaba hinchado y deforme, la sangre le enmascaraba la frente y su cuerpo no era más que un mapa de carne magullada y moratones. El Dante roto de la cueva.

Sin embargo, la superficie del espejo comenzó a ondularse. Las heridas se borraron y la figura menguó hasta dejar paso a un niño pequeño, de apenas tres o cuatro años. Era el mismo crío que lo atormentaba en sus pesadillas.

ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora