—¿Y para qué demonios quieren que recuerde mi pasado? —murmuró Dante en la soledad de la habitación.
Se acomodó en la cama con las piernas cruzadas, apoyándose en el cabecero. Sacó su espada y emprendió su rutina nocturna: limpiar los restos de polvo dorado y suciedad de la hoja. El suave roce del trapo contra el metal siempre lo ayudaba a pensar.
Cinco años. Ese era el tiempo que llevaba viviendo con un vacío absoluto en la cabeza. Al principio, la falta de recuerdos dolía como una herida abierta, especialmente cuando escuchaba a los otros chicos presumir de su vida fuera del Campamento Mestizo. Sin embargo, a base de golpes y entrenamiento, Dante había logrado insensibilizarse. Aquella solitaria sensación de desconexión ya no era una debilidad, sino una armadura a la que se había acostumbrado por completo.
Perdido en la neblina de sus propios pensamientos, el tiempo se le escurrió entre los dedos. Ni siquiera notó el sonido del agua al cortarse o el roce de la puerta al abrirse.
—Dante... —lo llamó Helena, sacándolo bruscamente de su ensimismamiento. El hijo de Ares parpadeó, volviendo a la realidad de la lúgubre habitación.
—¿Sí?
—He dicho que la ducha está libre —La hija de Apolo se secaba el pelo con una toalla pequeña, pero se detuvo al notar la expresión sombría de su compañero—. ¿Va todo bien?
—Solo estaba pensando... —murmuró él, poniéndose en pie para esquivar el tema.
Tras una rápida y necesaria ducha de agua caliente, Dante regresó a la habitación. Helena ya estaba sentada en la cama, abriendo la bolsa de la cena. Le ofreció en silencio uno de los sándwiches fríos que habían comprado horas antes. Dante lo cogió, pero antes de darle el primer mordisco, la miró fijamente.
—Oye... ¿Por qué no quisiste ir a ver a tu madre a Charlotte?
Helena dejó el sándwich a medio camino de su boca. Sus hombros se tensaron. Bajó la mirada hacia las sábanas, refugiándose en un tenso y pesado silencio mientras sopesaba sus palabras.
—Ese no es tu problema, Dante... —respondió al fin, con un hilo de voz tan cortante como el hielo.
Dante sabía que estaba caminando sobre un campo de minas, pero no retrocedió.
—Antes me has preguntado qué haría si recuperase la memoria... Lo primero que haría sería buscar a mi madre. Si sigue viva, claro —dijo, esbozando una sonrisa cargada de tristeza—. No sé por qué, pero mi padre se niega a decirme nada sobre ella y asegura que no puede ayudarme con mi mente.
Buscó los ojos de su compañera, pero Helena mantenía la vista clavada rígidamente en la colcha.
—Te quejas de tu madre... pero al menos tú tienes una.
—Dante... yo no tengo madre —espetó ella, apretando los puños sobre las sábanas—. Solo es una mujer a la que el universo obligó a criar a una niña que no quería.
—Puede ser. Pero, al final del día, te dio la vida. Y eso es lo único que jamás cambiará —rebatió el hijo de Ares, inclinándose hacia adelante—. La vida de los semidioses es un infierno, Helena; la mayoría ni siquiera llega a cumplir los veinte años. Estamos en una misión suicida. Podríamos morir mañana mismo. Si eso pasa... ¿de verdad no te arrepentirías de no haberla visto una última vez?
Helena se quedó en silencio. No quiso responder a eso. En su lugar, dejó la comida a un lado, se tumbó dándole la espalda y se arrebujó bajo la fina manta del motel.
—Duerme tú. Yo haré la primera guardia —sentenció al vacío, dejando claro que la conversación había terminado.
Dante quiso insistir, quiso sacudirla y hacerle entender que la familia era un lujo que no todos tenían, pero, al ver la tensión en los hombros de su amiga, supo que era inútil. Suspiró, se tumbó en su lado de la cama y se cubrió con las sábanas, dándose la vuelta para quedar espalda con espalda.
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ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSON
FanfictionDescubre quién eres... Cinco años... Cinco años en el Campamento Mestizo, donde Dante se convirtió en uno de los semidioses más respetados. Sin embargo, la aparición de un nuevo campista y el despertar de un mal ancestral pondrán aprueba sus capacid...
