EPÍLOGO

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—¿Qué demonios le pasa a este tipo? —murmuró Dante, cruzándose de brazos.

Cumpliendo con su palabra, había regresado a la gasolinera perdida de Nueva Jersey donde trabajaba Michael. Y, para variar, el sátiro estaba roncando a pierna suelta, desparramado sobre el mostrador de la caja registradora.

—Michael... Despierta.

—¿Eh? Mamá, cinco minutitos más, déjame dormir... —balbuceó el chico, babeando el cristal.

—No voy a volver a pasar por esto... —suspiró Dante.

Agarró una botella de agua fría de una de las neveras, la abrió y se la vació directamente sobre la cabeza.

—¡Ahhh! ¿Qué pasa? ¡Tsunami! —gritó Michael, despertándose de golpe y resbalando tras el mostrador—. Dante... ¿eres tú?

—No, soy un cíclope devorador de sátiros que pasaba a repostar —respondió él con absoluta seriedad, antes de poner los ojos en blanco—. Claro que soy yo, idiota.

—¡Por los dioses, no me puedo creer que estés aquí! —exclamó el chico, emocionado, sacudiéndose el agua del pelo—. ¿Qué tal tu misión? ¿La completaste?

—Sí, sí. Ya está todo solucionado —atajó Dante, sin querer entrar en detalles.

—Entonces... ¿Qué haces aquí?

—Te dije que volvería para quitarte esa estúpida marca de sirviente —respondió Dante, desenvainando las dagas de Cicno con un ágil giro de muñecas.

—¿Y c-cómo vas a hacerlo? —tartamudeó el sátiro, poniéndose pálido al ver el filo oscuro de las armas.

En respuesta, Dante cerró los ojos un segundo, se concentró y evocó el poder de su sangre. Unas feroces llamas carmesíes brotaron sobre el bronce celestial de ambas hojas. No era un fuego tan abrumador como el que había desatado contra Críos o en el puente de sus visiones, pero la temperatura del local subió de golpe. Estaba seguro de que sería suficiente.

—Con el fuego divino de estas dagas puedo quemar y borrar esa marca para siempre.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó Michael, retrocediendo un paso.

—Sí... Bueno, estoy al ochenta por ciento seguro. Venga, pongamos un noventa por ciento.

—¡No suenas muy seguro! —chilló Michael, alejándose un poco más hacia los estantes de patatas fritas.

—¿Prefieres quedarte atado a esta gasolinera mugrosa el resto de tu vida? —le retó Dante—. Además, ¿qué es lo peor que podría pasarte?

—¡Que me quemes vivo, psicópata!

—Es una posibilidad estadísticamente muy remota. Además, si te quemo vivo, seguro que hueles a barbacoa y estarías delicioso —bromeó Dante, dedicándole una sonrisa sádica.

En respuesta, Michael se dio la vuelta, dispuesto a huir.

—¿A dónde te crees que vas?

—Es que... se me ha olvidado una cosa importantísima en la trastienda —mintió el otro, temblando de pies a cabeza—. En seguida vuelvo, tú espérame aquí...

—No huyas, cabrita —le advirtió Dante con voz tenebrosa.

Michael echó a correr hacia la puerta trasera, pero Dante se movió como un rayo y lo atrapó por el cuello de la camisa antes de que diera tres pasos.

—Cuanto más te muevas, más peligroso será...

—¡Por favor, no quiero morir! —suplicó el sátiro, cerrando los ojos con fuerza.

—No vas a morir si te quedas quietecito —le prometió.

Dante usó su fuerza para inmovilizar al chico contra un expositor. Alzó una de las dagas llameantes y, con el pulso de un cirujano militar, realizó un corte preciso, casi superficial, a la altura del pecho del sátiro, justo sobre la zona de la ropa.

—¡Nooooo! —gritó Michael, dejándose caer al suelo en posición fetal, esperando ser consumido por las llamas—. Espera... ¡Estoy vivo!

—Claro que estás vivo, llorica —respondió Dante, extinguiendo el fuego y guardando las dagas en sus fundas—. Levántate la camiseta.

Michael lo miró con incredulidad, se incorporó torpemente y se subió la tela de la camisa. La oscura marca de sirviente que tenía grabada en la piel estaba completamente rota; la cadena mágica que la representaba había sido seccionada por la mitad y ahora se desvanecía en el aire como si fueran cenizas al viento.

—¿Cómo es posible...? —preguntó Michael, frotándose el pecho limpio sin poder creer lo que veían sus ojos.

—La verdad es que no estaba del todo seguro de que fuera a salir bien —admitió Dante, rascándose la nuca con tranquilidad—. Sabía que estas dagas tienen propiedades destructivas especiales para la magia... aunque, sinceramente, no tenía ni idea de si iba a funcionar en un contrato vinculante.

—¿Me has usado de conejillo de indias? —se quejó Michael, haciéndose el ofendido.

—Qué te puedo decir, me apasiona la experimentación científica —contestó el hijo de Ares, encogiéndose de hombros con descaro.

—Bueno... —Michael sonrió, todavía asimilando su nueva realidad—. ¿Y ahora qué?

—¿Ahora? —Dante empujó la puerta de cristal de la gasolinera, dejando que la brisa cálida de la noche entrara en el local. Miró por última vez al sátiro y le dedicó una sonrisa franca y sincera—. Ahora puedes hacer lo que te dé la real gana. Eres libre.

Dicho esto, Dante Pierce salió de la gasolinera, caminando hacia la oscuridad, listo para enfrentarse a su propio destino.

ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora