—Charleston... —dijo Dante entre bostezos.
El aroma salado del mar llenó el ambiente, y respiró hondo para calmar los pulmones. Tras un largo día de viaje desde Columbia, habían llegado por fin a Charleston, una histórica ciudad costera en el sur de Carolina del Sur.
—Dioses, me duele hasta el pelo —se quejó, estirando los brazos con desgana.
—Podríamos hacer una pequeña parada a descansar —propuso Helena mientras se quitaba el casco de la moto.
Charleston Harbor brillaba bajo el sol de la mañana. Hacia el norte y el sur, extensas franjas de tierra se extendían como brazos protectores alrededor de la bahía, y situada en la misma boca del puerto destacaba una isla con un imponente fuerte de piedra. Caminaron por el malecón mientras Dante dejaba que su mente vagara. Como hijo de Ares, poseía una desconcertante facilidad para recordar y sentir con pelos y señales cada guerra librada en suelo americano.
Aunque en aquel primer enfrentamiento apenas hubo heridos de gravedad, aquel cañonazo dio inicio al conflicto más sangriento de la historia del país. Si cerraba los ojos por un segundo, Dante juraría que podía escuchar el estampido de los cañones, oler el humo acre de la pólvora y percibir los gritos desesperados de los hombres que murieron en el asedio.
—Dante... ¿Estás bien? —le preguntó Helena, sacándolo bruscamente de su trance.
—Sí... No es nada. Charleston tiene un pasado militar muy pesado. Por un segundo me ha abrumado —se excusó, sacudiéndose una extraña sensación de frío que le había recorrido la columna.
Al mirar de nuevo hacia el fuerte de piedra al otro lado del agua, creyó distinguir la silueta de un centinela de uniforme antiguo patrullando los muros. Se frotó los ojos con brusquedad, pero cuando volvió a mirar, los adarves estaban completamente vacíos.
Estoy al límite, pensó.
Era absurdo ver soldados fantasmas en una fortificación turística abandonada; el cansancio acumulado le estaba jugando malas pasadas, nublando la línea entre la realidad y sus propias paranoias bélicas. Abandonaron el malecón y se adentraron en uno de los parques de la ciudad. Al encontrar una zona de césped verde y despejado, el hijo de Ares se dejó caer boca arriba, contemplando cómo las nubes blancas se desplazaban perezosamente sobre el cielo azul.
—Adivina quién se va a echar una siesta del quince... —murmuró con una sonrisa cansada.
—¿Te vas a poner a dormir a pierna suelta sin revisar si hay monstruos merodeando por la zona? —lo increpó Helena, cruzándose de brazos.
—Efectivamente —contestó él, cerrando los ojos.
El sol matutino le calentaba el rostro, mientras que la suave brisa marina refrescaba el ambiente, creando una atmósfera idílica para apagar el cerebro un rato.
—Se nota que ya estamos en el sur... Aquí el calor aprieta de verdad —comentó Helena, sentándose a su lado.
—Sí... Y ya falta poco para llegar a Florida —respondió Dante con los ojos cerrados.
A pesar del tono relajado que intentaba mantener, una parte de su mente seguía atrapada en las palabras del Oráculo. Te perderás en el sur... Cuanto más se acercaban al final del mapa, más fuerte latía la punzada de la ansiedad en su pecho. Helena debió notar que, a pesar de la quietud aparente, los músculos de Dante estaban tensos como cuerdas de arpa. Sin decir nada, la chica se inclinó hacia él, apoyó una mano en su pecho y comenzó a pasarle los dedos suavemente por el pelo corto.
—Si vas a dormir, duérmete de verdad. Deja de darle tantas vueltas a todo —le susurró con extrema dulzura.
Aquel contacto funcionó como un bálsamo mágico. La tensión acumulada en los hombros del semidiós se desvaneció al instante, permitiéndole olvidar las profecías, los titanes y el ruido del mundo, para centrarse únicamente en el murmullo de la brisa marina.
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ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSON
Fiksi PenggemarDescubre quién eres... Cinco años... Cinco años en el Campamento Mestizo, donde Dante se convirtió en uno de los semidioses más respetados. Sin embargo, la aparición de un nuevo campista y el despertar de un mal ancestral pondrán aprueba sus capacid...
