Dante cerró los ojos esperando el impacto final, aguardando el momento en el que los lestrigones lo hicieran pedazos. Sin embargo, el golpe nunca llegó. En su lugar, una fresca brisa le acarició el rostro y el sonido de las armas fue reemplazado por el alegre piar de los pájaros.
—¿Qué demonios...? —murmuró, abriendo los ojos de golpe.
Ya no había ni rastro de los monstruos. Ni del museo. Ni de Helena. De hecho, frente a él se alzaba una inmensa e inconfundible estructura de hierro: la Torre Eiffel.
—París... —susurró, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.
A su alrededor, los mortales paseaban tranquilamente, charlando y yendo de un lado a otro como si él no existiera. Eso carecía de sentido; debería estar tirado en el suelo, tosiendo sangre y cubierto de heridas. Entonces se dio cuenta: no le dolía absolutamente nada. Tropezó hacia el escaparate de una cafetería cercana para comprobar su reflejo y se quedó de piedra. En lugar de su ropa rota y ensangrentada, llevaba un elegante traje azul oscuro hecho a medida, combinado con una camisa blanca inmaculada y zapatos marrones pulidos. No tenía ni un solo rasguño en la piel. Incluso su pelo estaba cortado exactamente como a él le gustaba: corto por los lados y con el flequillo de punta, dejando que un par de mechones le cayeran rebeldes por la frente.
—He hecho un buen trabajo, ¿verdad? —preguntó una voz femenina a sus espaldas. Dante se giró y se quedó sin aliento. La mujer llevaba un deslumbrante vestido rojo de raso y el pelo oscuro cayendo en una cascada de tirabuzones perfectos. Era, sin lugar a dudas, el rostro más hermoso que había visto en su vida: un maquillaje impecable, unos ojos que atrapaban la luz y una sonrisa capaz de iluminar el lado oscuro de la luna.
De hecho, a Dante le costaba definir sus facciones. Al principio le recordó muchísimo a Helena: los mismos ojos azules y la misma mirada tierna. Sin embargo, el rostro de aquella mujer mutaba en un cambio constante, redefiniéndose por segundos para ser cada vez más deslumbrante y perfecto.
—La verdad es que ese corte de pelo me gusta mucho —comentó ella con dulzura.
Su voz melodiosa sacó a Dante de su trance fascinado. Entonces, cayó en la cuenta de quién era la persona que tenía delante. La diosa Afrodita en persona. Ya la había visto de lejos en alguna de sus raras visitas al Olimpo, pero tenerla a menos de un metro era una experiencia completamente abrumadora.
—Mi señora Afrodita... —murmuró, agachando la cabeza en una torpe reverencia de respeto—. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que esté aquí?
—Ven conmigo, joven héroe —respondió ella alegremente.
La diosa lo tomó del brazo con naturalidad. Ambos caminaron por los bulevares de la ciudad hasta llegar a una pintoresca cafetería.
—Me encanta este lugar —suspiró Afrodita, tomando asiento en una de las mesitas de la terraza exterior. No tuvieron que esperar ni diez segundos para que un camarero mortal, totalmente embelesado, saliera a atenderles. La diosa pidió un café y un postre elaborado.
—¿Tú quieres algo, querido? —le preguntó a Dante.
—No tengo hambre... —respondió él, aún procesando el impacto. En cuanto el camarero se retiró para preparar la comanda, dejándolos a solas, Dante se inclinó hacia adelante—. Mi señora... por favor. ¿Qué ha pasado en el museo? ¿Por qué estoy en París?
La diosa le sostuvo la mirada, perdiendo parte de su frivolidad.
—Tus plegarias fueron escuchadas.
—Bueno... Yo le recé a mi padre, no a la diosa de la belleza. Sin ofender —se justificó Dante, recordando los últimos segundos antes de matar al rey de los lestrigones.
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ARES #1 // DIOSES DEL OLIMPO // PERCY JACKSON
FanfictionDescubre quién eres... Cinco años... Cinco años en el Campamento Mestizo, donde Dante se convirtió en uno de los semidioses más respetados. Sin embargo, la aparición de un nuevo campista y el despertar de un mal ancestral pondrán aprueba sus capacid...
