Antes de bajarse del coche, abrió la guantera.
– No, –dijo tras hacer un ademán de coger la pistola que escondía en aquel pequeño hueco– aún es pronto para eso.
Cerró de un portazo la puerta y rápidamente abrió el paraguas. Aunque tuviera que caminar apenas cinco metros hasta llegar al porche no quería mojar su americana favorita.
Tres veces sonó el timbre, y un instante antes de que sonara por cuarta vez un anciano de aspecto afable abrió la chirriante puerta.
– ¡Oh, cielos! –exclamó el anciano al ver a su huésped– ¡Charles, qué agradable sorpresa!
– ¿Cómo está, señor Wilson?
– Bueno, como siempre, pero no me puedo quejar. ¡Pasa, pasa!
– Muchas gracias.
El señor Wilson guió a Charles a través del laberíntico corredor de color salmón hasta la sala de estar, donde el anciano le invitó con un gesto a sentarse en un viejo sofá de mimbre.
– Perdón por el desorden, justo estaba tratando de decodificar las señales de radio de los camioneros. –mientras hablaba comenzó a plegar sus gafas para guardarlas en su funda y colocarlas con delicadeza en la repisa de la chimenea, donde las llamas bailaban a un ritmo hipnótico– ¿Sabes, hijo? Alguien como yo necesita un hobby con el que entretenerse para no caer en la demencia que provoca la soledad.
– No se preocupe, está bien. Esto... ¿qué es ese ruido? Parece como si alguien estuviera dando saltos en el techo.
– Serán los vecinos de arriba, son un poco ruidosos, especialmente a estas horas de la noche. Estate tranquilo, puedes ignorarlo. –y cambiando rápidamente de tema añadió– ¿Quieres té?
– Sí, muchas gracias.
En lo que el señor Wilson preparaba el té, Charles se permitió echar un vistazo a los papeles que rodeaban aquella aparatosa y vieja radio con la que le señor Wilson trataba de captar las señales de los conductores que pasaban por allí. Entre los papeles encontró una foto en blanco y negro en la que un joven señor Wilson posaba junto a una hermosa muchacha. Por alguna extraña razón sintió un escalofrío recorriendo toda su columna.
En ese momento un relámpago iluminó el cielo, acompañado de un sonoro trueno. De repente, el ruido de los saltos se detuvo y Charles pudo oír algo rodando por el techo, seguido de pasos torpes y una risa infantil. Se estremeció. Y deseó con todas sus fuerzas acabar pronto su reunión con el señor Wilson para poder volver a casa.
Poco después el anciano apareció con una bandeja en la que llevaba dos tazas humeantes de té y una gran variedad de pastas. Recogió como buenamente pudo los papeles de la mesa para colocar la bandeja. Una vez se hubo acomodado en un pequeño sillón, también de mimbre, indicó a Charles que podían comenzar a negociar las condiciones de la venta del local que el señor Wilson había regentado durante treinta años.
Cuando por fin acabaron, apenas una hora después, se despidieron y Charles volvió caminando a paso ligero a su coche, tratando de nuevo de evitar mojar aquella americana granate a la que tanto aprecio tenía. En lo que arrancaba el coche miró por la ventana a aquel chalet adosado, idéntico a todos los que llenaban aquella calle.
– ¿Vecinos de arriba? ¿De verdad? ¿Y la risa de niño? ¡Hace años que no vive ningún niño aquí! Este hombre está majara, con suerte se irá a la tumba pronto y no tendré que volver a verle.
Ya en carretera, de forma repentina, Charles comenzó a sufrir un ataque de risa. Las carcajadas sonaban una detrás de otra, sin motivo aparente, mientras el coche se alejaba de aquel pueblo fantasma que años atrás fue devastado por la guerra y del que tan solo quedaban escombros.
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Proyecto GHOST
KorkuViajar es uno de los placeres de esta vida, te ayuda a crecer como persona, te quita los prejuicios, te enseña a valorar las cosas y te permite aprender valiosas lecciones de otras culturas. Pero al igual que la Luna, viajar también tiene un lado os...