Me marcho de casa

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Tefy abrió los ojos en una habitación blanca que olía a desinfectante y silencio. Por un instante no entendió dónde estaba. El cuerpo le pesaba, como si la hubieran desconectado del mundo y la hubieran vuelto a encender a medias.
Giró la cabeza con dificultad.
—¿Dónde estoy…? —susurró.
Su hermana estaba a su lado. Le apretó la mano con fuerza, como si ese gesto pudiera mantenerla ahí, presente, sin dejarla caer otra vez.
—Tranquila… ya casi te vamos a llevar a casa.
No hubo más preguntas. El cuerpo de Tefy volvió a rendirse antes que su mente. Cerró los ojos otra vez, pero esta vez no descansaba… solo se escondía.
Cuando despertó de nuevo, ya no estaba en el hospital. Su madre la ayudaba a acomodarse.
—Ya nos vamos, en casa vas a estar mejor.
“Mejor”, pensó Tefy. Esa palabra empezaba a perder sentido.
En casa todo era rutina, pero dentro de ella no había orden. Se duchó largo rato, como si el agua pudiera arrastrar pensamientos. Al salir, el teléfono vibró. Lo miró… y lo dejó caer en la cama.
Roxy no era solo un mensaje. Era un recuerdo vivo.
Y aún dolía.
Esa noche, la tentación fue más fuerte que el orgullo. Entró al chat.
Mensajes. Muchos. Preocupación. Explicaciones. Y entre todos ellos, uno que la desarmó: Roxy.
Pidiendo perdón.
Tefy leyó todo en silencio. No respondió de inmediato. Había algo en su pecho que no sabía si era amor o cansancio.
Pero respondió.
Y el hilo volvió a existir.
Los días después no trajeron respuestas claras, solo más preguntas disfrazadas de amor.
—Necesito que vengas —decía Roxy.
—No es tan simple —respondía Tefy.
Había amor, sí… pero también presión. Y cuando el amor empieza a sentirse como una obligación, deja de ser refugio y se vuelve peso.
Tefy buscó trabajo, buscó estabilidad, buscó una forma de sostener una decisión que aún no estaba lista para tomar.
Pero la vida no esperaba.
Cuando el mundo empezó a reabrirse tras la pandemia, Tefy sintió algo parecido a la esperanza. Compró el pasaje sin pensarlo demasiado. Como si el impulso pudiera reemplazar el miedo.
—Voy a verte —le escribió.
Roxy respondió rápido:
—Te espero.
Pero la calma dura poco cuando en casa no todos entienden las despedidas.
—¿Otra vez te vas? —la voz de su padre cortó el aire.
Tefy no discutió. Ya sabía el guion.
—Es mi cumpleaños… voy a verla.
El silencio fue más agresivo que cualquier grito.
—Siempre ella. Siempre lo mismo.
Las palabras no la detuvieron. Pero sí la siguieron.
Salió con la mochila al hombro y el pecho lleno de ruido.
En la terminal, el mundo parecía más pequeño. Menos importante.
El bus avanzó.
Y con él, también sus pensamientos.
La distancia no solo era física. Era emocional. Y eso era lo que más dolía.
Minutos antes de la medianoche, el celular vibró.
Mensajes. Familia. Amigos.
Felicidades.
Y luego… silencio.
Roxy no había escrito.
Tefy lo apagó sin decir nada.
A las 3:30 am llegó el mensaje.
“Feliz cumpleaños. Perdón por dormir. Ya voy a verte.”
Y por primera vez en horas, Tefy sonrió sin fuerza.
Cuando llegó, Roxy estaba ahí.
Y el abrazo borró el viaje, el cansancio, las dudas.
Pero no borró todo lo que no se había hablado.
Ese día intentaron ser felices a fuerza de presente. Helado, risas, fotos, momentos simples que fingían normalidad.
Pero el cuerpo de Tefy empezó a traicionarla. Mareo. Dolor. Silencio interno.
A veces el amor no es lo único que enferma a una persona… también lo hace el estrés de sostenerlo todo.
Roxy tuvo que irse temprano.
Y cuando se fue, el cuarto se sintió más grande y más vacío al mismo tiempo.
Esa noche, el mundo se torció un poco más.
Mensajes de la tía.
Juicios disfrazados de preocupación.
Y luego… el cansancio emocional de fingir que nada afectaba.
Cuando Roxy se durmió en su casa, Tefy se quedó sola.
Y la soledad no siempre es ausencia de personas… a veces es ausencia de paz.
Esa madrugada, el equilibrio se rompió.
Roxy entendió que algo no estaba bien.
Y Tefy lo sintió antes de que lo dijeran.
—Creo que esto ya no puede seguir igual —escribió ella.
No hubo gritos. No hubo drama. Solo una frase que pesa más que cualquier pelea.
Tefy leyó el mensaje una y otra vez.
Hay palabras que no se entienden a la primera. Porque no son información… son final.
El aire se le volvió pesado.
El corazón acelerado.
El mundo estrecho.
Y entonces, el cuerpo cedió.
Antes de caer en la oscuridad, solo alcanzó a pensar una cosa:
“Cuando el amor duele tanto… ¿en qué momento deja de ser amor?”

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